El cielo está enladrillado, la obra de Álvaro Ortiz publicada por Astiberri, se erige como una de las crónicas gráficas más lúcidas y mordaces sobre uno de los episodios más definitorios de la historia reciente de España: la burbuja inmobiliaria y el posterior colapso financiero. A través de una narrativa coral y un ritmo endiablado, Ortiz disecciona la anatomía de un delirio colectivo que transformó el paisaje físico y moral del país a principios del siglo XXI.
La trama se sitúa en el epicentro de la fiebre del ladrillo, centrándose en la construcción de una macro-urbanización de lujo proyectada en mitad de la nada, un páramo castellano que, sobre el papel, prometía convertirse en el nuevo oasis de la clase media aspiracional. El cómic no se limita a un solo punto de vista, sino que despliega un abanico de personajes que representan todos los estratos de esta pirámide de especulación: desde el constructor megalómano con ínfulas de visionario y el político local dispuesto a recalificar cualquier hectárea a cambio de favores, hasta los trabajadores de la obra y las familias que invirtieron los ahorros de su vida en un sueño de hormigón que amenazaba con desmoronarse antes de terminarse.
Ortiz utiliza el título, extraído de un popular trabalenguas infantil, como una metáfora perfecta de la situación: un cielo que ha dejado de ser espacio abierto para convertirse en una cuadrícula de cemento, un horizonte bloqueado por grúas y andamios. La narrativa avanza mediante saltos temporales y cambios de perspectiva que permiten al lector comprender la magnitud del desastre. No es solo una historia sobre la corrupción económica, sino sobre la corrupción de las expectativas. El autor logra capturar la atmósfera de euforia irracional de los años del "España va bien", donde el crédito era infinito y el suelo un recurso inagotable, para luego contrastarla con la crudeza del silencio que dejan las obras abandonadas y los esqueletos de edificios a medio construir.
Visualmente, el autor mantiene su estilo característico de línea clara y expresividad sintética, pero lo adapta a las necesidades de una historia que oscila entre la sátira social y el drama humano. El uso del color es fundamental en la obra, empleando paletas que refuerzan la sensación de calor asfixiante del secano y la frialdad artificial de los despachos donde se fraguan los planes urbanísticos. La composición de las páginas es dinámica, utilizando el diseño de los paneles para reflejar la compartimentación de las viviendas y la rigidez de las estructuras que dan nombre al libro.
Uno de los mayores aciertos de El cielo está enladrillado es su capacidad para evitar el panfleto moralista. Ortiz prefiere el uso del "esperpento" moderno, una tradición muy española que mezcla lo trágico con lo ridículo. A través del humor negro, el autor expone lo absurdo de construir campos de golf en zonas desérticas o aeropuertos sin aviones, permitiendo que sea el propio lector quien extraiga las conclusiones sobre la codicia y la falta de previsión.
La obra funciona como un artefacto arqueológico de una era de excesos. Al centrarse en el microcosmos de una sola promoción inmobiliaria, Ortiz consigue explicar el macrocosmos de una crisis global. Es un retrato de personajes atrapados en una inercia que no pueden controlar, víctimas y verdugos de un sistema que premiaba la rapidez sobre la sostenibilidad y el beneficio inmediato sobre el bienestar común.
En definitiva, este cómic es una pieza esencial para entender la identidad contemporánea de España. Sin necesidad de recurrir a giros argumentales artificiosos, Álvaro Ortiz construye un relato sólido, documentado en la realidad pero filtrado por una sensibilidad artística que convierte la crónica periodística en una narrativa gráfica de primer orden. Es una lectura necesaria que, lejos de ser un ejercicio de nostalgia, sirve como advertencia sobre los peligros de olvidar cómo se enladrilló, piedra a piedra, el cielo de toda una generación.