El Cid

Como experto en el noveno arte, es un placer desgranar una de las obras más imponentes de la historieta histórica: "El Cid", especialmente la visión definitiva plasmada por el maestro Antonio Hernández Palacios. Hablar de este cómic no es solo hablar de una biografía ilustrada, sino de una de las cumbres del realismo gráfico europeo que logra capturar la esencia de la España del siglo XI con una fuerza visual sin precedentes.

La narrativa nos sumerge en la convulsa Península Ibérica de la Reconquista, un territorio fragmentado donde las fronteras entre reinos cristianos y taifas musulmanas eran tan fluidas como las lealtades de los hombres que las habitaban. El protagonista, Rodrigo Díaz de Vivar, no es presentado aquí como el santo de mármol de los libros escolares, sino como un hombre de carne, hueso y hierro. La sinopsis arranca en la corte del rey Fernando I, en un ambiente cargado de intrigas palaciegas, envidias nobiliarias y una tensión latente que estallará tras la muerte del monarca y el fratricida reparto de sus reinos entre sus hijos: Sancho, Alfonso y García.

El núcleo de la trama sigue el ascenso y la posterior caída en desgracia de Rodrigo. Tras la muerte de su protector, el rey Sancho, en el cerco de Zamora, el caballero se ve obligado a hacer jurar al nuevo rey, Alfonso VI, que no tuvo parte en el asesinato de su hermano. Este acto de integridad, conocido como la Jura de Santa Gadea, marca el punto de inflexión que llevará a Rodrigo al destierro. A partir de aquí, el cómic se transforma en una *road movie* medieval épica. Sin el amparo de un señor, despojado de sus tierras y de su honor oficial, el Cid debe reinventarse como mercenario, estratega y líder de una mesnada de hombres que no luchan por una bandera, sino por el hombre que los guía.

Lo que hace que este cómic sea una obra maestra es su capacidad para retratar la dualidad del Campeador. Por un lado, vemos al guerrero implacable, al "Sidi" respetado por los árabes por su genio militar; por otro, al hombre que sufre la separación de su familia y la injusticia de un sistema feudal que castiga la excelencia. La historia no se limita a las batallas; explora la diplomacia, los pactos entre culturas y la cruda realidad de una época donde la supervivencia dependía del filo de una espada y de la palabra dada.

Visualmente, la obra es sobrecogedora. Hernández Palacios utiliza un estilo que huye de la limpieza del cómic franco-belga tradicional para abrazar un realismo "sucio" y detallado. Cada viñeta es una lección de documentación histórica: desde el peso de las cotas de malla y el diseño de los yelmos hasta la arquitectura de las fortalezas de piedra y el polvo asfixiante de las llanuras castellanas. El uso del color es magistral, empleando tonos ocres, rojizos y grises que transmiten la dureza del clima y la violencia de los encuentros armados. Las escenas de batalla no son coreografías limpias, sino caos de sangre, barro y caballos en pleno esfuerzo, logrando una inmersión que pocos autores han conseguido igualar.

"El Cid" es, en definitiva, una exploración sobre el honor y la identidad en un mundo en cambio. No es necesario ser un conocedor del Cantar de Mio Cid para disfrutarlo, pues el cómic funciona como una entidad propia que humaniza el mito. Es la crónica de un hombre que, al ser expulsado de su mundo, decide construir uno nuevo bajo sus propias reglas, convirtiéndose en una leyenda que cabalga entre dos mundos. Para cualquier amante del cómic con mayúsculas, esta obra es una parada obligatoria: una lección de narrativa visual que demuestra que la historia, cuando se dibuja con pasión y rigor, es el género más épico de todos.

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