El Capitán Don Nadie: El heroísmo de lo cotidiano
En el vasto y a menudo saturado panteón de los superhéroes, donde las capas ondean al ritmo de explosiones nucleares y los dioses caminan entre los hombres, existe un rincón mucho más modesto, humano y, paradójicamente, extraordinario. En este espacio se sitúa *El Capitán Don Nadie*, una de las obras más emblemáticas y personales del autor español José Fonollosa. Publicada originalmente a mediados de la década de los 2000, esta obra se aleja de la épica de Marvel o DC para ofrecernos una deconstrucción del mito del justiciero desde una perspectiva costumbrista, tierna y profundamente honesta.
La premisa nos presenta a Vicente, un hombre cuya existencia podría definirse por la absoluta normalidad. Vicente no es un millonario atormentado por el asesinato de sus padres, ni un científico expuesto a radiación gamma, ni un alienígena de un planeta moribundo. Es, simplemente, un ciudadano común que un día decide que el mundo —o al menos su pequeño rincón del mundo— necesita a alguien que se preocupe. Así nace el Capitán Don Nadie. Con un traje confeccionado por él mismo, que dista mucho de las armaduras tecnológicas o las mallas de alta resistencia, Vicente sale a las calles de una ciudad española cualquiera para combatir el mal.
Sin embargo, el "mal" al que se enfrenta el Capitán Don Nadie no son invasiones extraterrestres ni supervillanos con planes de dominación global. Sus enemigos son mucho más reales y, por lo tanto, más difíciles de derrotar: la indiferencia, la soledad, el vandalismo menor, las injusticias burocráticas y la gris monotonía de la vida urbana. La genialidad de Fonollosa reside en no convertir esta historia en una parodia burda o en una comedia de bofetadas al estilo de *Kick-Ass* (que llegaría años después con un tono mucho más violento y cínico). Por el contrario, *El Capitán Don Nadie* es una obra impregnada de una melancolía luminosa.
A través de sus páginas, asistimos a la lucha de un hombre que intenta encontrar un propósito. Vicente es consciente de su propia fragilidad y de lo ridículo que puede resultar ver a un adulto disfrazado patrullando calles donde nada parece ocurrir. Pero es precisamente en esa insistencia, en ese "querer ser" a pesar de no tener las herramientas para ello, donde reside el verdadero corazón del cómic. La obra explora la psicología del héroe desde la base: ¿por qué alguien querría ponerse una máscara? En el caso de Vicente, no es por ego, sino por una necesidad casi desesperada de conectar con los demás y de sentir que su presencia en el mundo marca una diferencia, por pequeña que sea.
Visualmente, Fonollosa utiliza un estilo de línea clara y expresiva que refuerza la cercanía de la historia. El diseño del Capitán Don Nadie es icónico en su sencillez; su traje es un reflejo de su propia personalidad: honesto, sin pretensiones y un tanto desajustado con la realidad que lo rodea. El uso del color y la composición de las viñetas nos sumergen en una atmósfera que oscila entre lo cotidiano y lo onírico, recordándonos que la magia a veces solo requiere un cambio de perspectiva.
Sin caer en el *spoiler*, es importante destacar que la narrativa no busca el clímax de una gran batalla final, sino la evolución interna de su protagonista y de aquellos que se cruzan en su camino. El cómic nos invita a reflexionar sobre la identidad y sobre cómo las etiquetas que nos ponemos —o que nos ponen los demás— definen nuestra realidad. ¿Es Vicente un loco, un soñador o el único hombre cuerdo en una sociedad anestesiada?
*El Capitán Don Nadie* es una lectura imprescindible para cualquier amante del noveno arte que busque algo más que acción desenfrenada. Es una carta de amor al género de superhéroes, pero escrita desde la humildad del que sabe que no puede volar. Es una obra que nos recuerda que no se necesitan superpoderes para intentar ser mejores, y que a veces, el acto más heroico de todos es simplemente negarse a ser un "don nadie" en un mundo que nos empuja al anonimato. Una joya del cómic nacional que sigue tan vigente hoy como el día en que Vicente decidió ponerse su primera máscara.