Dragon Fall no es solo un título fundamental dentro de la historieta española de los años noventa, sino que representa el mayor éxito del cómic independiente en España durante esa década. Creado por Nacho Fernández y Álvaro López, y publicado originalmente por Camaleón Ediciones a partir de 1993, este título nació como una parodia directa, irreverente y sumamente inteligente de *Dragon Ball*, la obra maestra de Akira Toriyama que en aquel momento gozaba de un éxito mediático sin precedentes en Europa.
La premisa de *Dragon Fall* es, en apariencia, sencilla: recrear la historia de las esferas del dragón desde el primer encuentro entre los protagonistas hasta el final de la serie, pero bajo un prisma de humor absurdo, sátira social y una constante ruptura de la cuarta pared. Sin embargo, lo que comenzó como un fanzine de espíritu amateur pronto evolucionó hacia una obra de una factura técnica sorprendente, donde los autores no solo demostraron un dominio absoluto del ritmo cómico, sino también una capacidad asombrosa para mimetizar y, a la vez, deformar el estilo visual de Toriyama.
El cómic presenta versiones caricaturizadas de los personajes icónicos. El protagonista, Sosón Goku, es retratado como un individuo de una ingenuidad patológica y una glotonería extrema; Wilma (Bulma) encarna la ambición y el mal genio; el Maestro Tortuga (Kaito/Muten Roshi) eleva el pervertidismo del original a niveles de parodia absoluta; y Vegetal (Vegeta) se convierte en el eterno sufridor de las situaciones más ridículas, perdiendo toda su dignidad de príncipe guerrero en pos del gag. A medida que la serie avanza, se introducen versiones de villanos como Frigo (Freezer), Celulitis (Célula) o Chuby (Majin Buu), cada uno con motivaciones subvertidas que ridiculizan los tropos del género *shonen*.
Uno de los pilares de *Dragon Fall* es su capacidad para la referencia cruzada. El cómic no se limita a parodiar el universo de *Dragon Ball*, sino que se convierte en un crisol de la cultura pop de la época. En sus viñetas es habitual encontrar cameos de personajes de Marvel, DC, *Star Wars*, *Star Trek* o incluso de la política española y el cine de Hollywood. Este recurso no se utiliza de forma gratuita, sino que se integra en la narrativa para subrayar el caos del universo que Fernández y López construyeron.
Narrativamente, la obra sigue los arcos argumentales de la serie original, pero los comprime, expande o altera según las necesidades del chiste. Los autores aprovechan las incoherencias del guion de Toriyama para señalarlas y reírse de ellas, convirtiendo los momentos de máxima tensión en situaciones anticlimáticas. Por ejemplo, los entrenamientos eternos o las transformaciones legendarias son tratados aquí como trámites burocráticos o accidentes biológicos absurdos.
Visualmente, la evolución de *Dragon Fall* es digna de estudio. En los primeros números, el dibujo es más tosco y cercano al estilo "cabezón" o *super-deformed*. No obstante, Nacho Fernández pronto alcanzó una madurez artística que le permitió realizar escenas de acción que, a pesar de su tono cómico, poseen una composición y un dinamismo que nada tienen que envidiar al manga original. El uso de las tramas, el diseño de maquinaria y la expresividad de los personajes dotaron a la obra de una identidad propia que trascendió la etiqueta de simple "parodia".
El impacto de *Dragon Fall* fue tal que llegó a publicarse en varios países, incluyendo Argentina y Francia, y ha contado con diversas reediciones en formatos de lujo. Para el lector, este cómic funciona en dos niveles: como una comedia de *slapstick* y chistes rápidos para el neófito, y como una disección quirúrgica y nostálgica para el conocedor profundo de la obra de Toriyama. Es, en definitiva, un testimonio de una época en la que el cómic español supo apropiarse de una influencia extranjera masiva para devolverla transformada en algo nuevo, gamberro y profundamente original. Sin necesidad de recurrir a giros argumentales complejos, su valor reside en su honestidad, su energía visual y su capacidad para recordarnos que nada es demasiado sagrado como para no poder reírse de ello.