Dragger: El asfalto como sentencia y redención
Dentro del panorama contemporáneo del noveno arte, pocas colaboraciones han generado tanta expectación entre los aficionados al género criminal como la unión de Kevin Eastman, David Avallone y Ben Bishop en *Dragger*. Esta obra no es simplemente una adición más al saturado mercado de los *thrillers* de acción; es una exploración visceral y estilizada de la figura del antihéroe atrapado por la inercia de su propio pasado. Como experto en la materia, es imperativo analizar esta obra desde su núcleo narrativo y su propuesta visual, entendiendo que se sitúa en la intersección perfecta entre el *neo-noir* cinematográfico y la narrativa secuencial de alto octanaje.
La premisa de *Dragger* nos introduce a un protagonista cuya identidad está intrínsecamente ligada a su función: él es el "Dragger", el conductor de huidas definitivo, aquel cuya única misión es extraer a los criminales de la escena del crimen cuando todo lo demás falla. Sin embargo, lejos de los tropos glamorizados de Hollywood, el protagonista de esta historia es un hombre desgastado, un individuo que ha intentado, sin éxito, desvincularse de un submundo que no permite jubilaciones voluntarias. La narrativa arranca con la clásica pero efectiva estructura del "último trabajo", un encargo que promete ser la salida definitiva pero que, inevitablemente, se convierte en un descenso a los infiernos urbanos.
El guion, coescrito por Eastman (legendario co-creador de las *Teenage Mutant Ninja Turtles*) y Avallone, destaca por su economía de lenguaje y su precisión rítmica. No hay diálogos superfluos; cada palabra pesa y cada silencio construye una tensión que se siente casi física. La historia se desarrolla en un entorno urbano opresivo, donde las calles mojadas por la lluvia y los callejones mal iluminados actúan como un laberinto del que el protagonista intenta escapar, tanto literal como metafóricamente. La trama evita los giros gratuitos para centrarse en la inevitabilidad de las consecuencias, tratando temas como la lealtad, la traición y el peso de la culpa.
El apartado gráfico de Ben Bishop es, sin lugar a dudas, el motor que impulsa la obra. Bishop utiliza una narrativa visual que prioriza el dinamismo y la sensación de velocidad. En un cómic donde el vehículo es una extensión del cuerpo del protagonista, la representación del movimiento es crucial. Las escenas de persecución no son meras transiciones, sino secuencias coreografiadas con una maestría que recuerda al mejor cine de acción de los años 70. El uso de las sombras y el contraste refuerza la atmósfera de cine negro, mientras que el diseño de personajes transmite una rugosidad que hace que el lector pueda casi oler el humo del neumático quemado y el aceite de motor.
Lo que diferencia a *Dragger* de otros cómics de temática similar es su enfoque en la psicología del conductor. No se trata solo de la habilidad al volante, sino del aislamiento emocional que conlleva su profesión. El "Dragger" es un hombre que vive en los márgenes, alguien que observa el mundo a través de un retrovisor y cuya vida se mide en segundos de ventaja sobre la ley o la muerte. La obra logra transmitir esa claustrofobia de la cabina del coche, convirtiéndola en un confesionario donde el protagonista se enfrenta a sus propios demonios mientras pisa el acelerador.
En conclusión, *Dragger* es una pieza fundamental para entender la evolución del género criminal en el cómic actual. Es una obra que respeta las convenciones del *noir* clásico pero las inyecta con una energía moderna y una crudeza visual impactante. Para el lector que busca una historia donde la tensión no da tregua y donde el arte comunica tanto como el guion, este título se erige como una lectura obligatoria. Es, en esencia, un relato sobre la imposibilidad de huir de uno mismo, incluso cuando se conduce el coche más rápido de la ciudad. Una experiencia de lectura cinética, oscura y profundamente humana que reafirma el talento de sus creadores para narrar historias que golpean directo al estómago.