La traslación del mito de Drácula al mundo de las viñetas no es simplemente una adaptación de la obra de Bram Stoker, sino una expansión fundamental que ha definido el género del terror en el noveno arte. Aunque existen múltiples versiones, la más influyente y la que se considera el estándar de oro es la serie publicada por Marvel Comics bajo el título *The Tomb of Dracula* (1972-1979), junto con las adaptaciones más literales realizadas por autores como Roy Thomas y Dick Giordano, o la reciente y aclamada visión de Georges Bess.
La premisa narrativa de Drácula en el cómic suele estructurarse en torno a la dualidad entre el pasado gótico y la modernidad. En la versión clásica de Marvel, la historia comienza cuando Frank Drake, un descendiente arruinado de la familia Drácula, viaja a Transilvania para reclamar el castillo de sus ancestros con la intención de convertirlo en una atracción turística. Durante la inspección, uno de sus acompañantes retira accidentalmente la estaca del pecho de un cadáver momificado, liberando al Conde Drácula en el siglo XX. A partir de este punto, la obra se convierte en una persecución global donde el vampiro intenta recuperar su antiguo poder mientras es acechado por un grupo de cazadores especializados.
Este grupo de antagonistas está compuesto por figuras que conectan directamente con el legado de la novela original: Rachel van Helsing (nieta de Abraham van Helsing), Quincy Harker (hijo de Jonathan y Mina Harker) y Taj Nital. A ellos se une Frank Drake, buscando redimir el nombre de su familia. La dinámica del cómic no se limita a la caza del monstruo; se centra en la sofisticación de Drácula como un estratega maquiavélico. A diferencia de otras representaciones cinematográficas de la época, el Drácula del cómic es un aristócrata cruel, pero con un código de honor retorcido, cuya presencia impone una atmósfera de fatalismo constante.
Desde el punto de vista visual, el cómic de Drácula alcanzó su cénit gracias al trabajo de Gene Colan. Su estilo, caracterizado por el uso magistral de las sombras, composiciones de página no convencionales y un dibujo "neblinoso", logró capturar la esencia etérea y amenazante del personaje. La estética no busca el susto fácil, sino la inmersión en un mundo de claroscuros donde el peligro acecha en cada esquina de Londres o en los bosques de Transilvania. El diseño del personaje mantiene la elegancia victoriana (capa larga, facciones afiladas, pelo canoso en las sienes), pero le otorga una fisicidad imponente que lo aleja de la fragilidad humana.
La importancia de esta obra radica en cómo transformó al villano en un protagonista complejo. Drácula no es un antihéroe en el sentido moderno; es un depredador absoluto, pero su lucha contra otras fuerzas oscuras y su desprecio por la debilidad humana le otorgan una profundidad psicológica inusual para la época. Además, el cómic sirvió como caldo de cultivo para la creación de personajes icónicos como Blade, el cazador de vampiros, quien debutó en estas páginas, integrando el mito del vampirismo en un universo compartido de ficción más amplio.
En las adaptaciones más fieles a la novela, como la de Roy Thomas y Dick Giordano, el enfoque se desplaza hacia la precisión histórica y literaria, respetando la estructura epistolar de Stoker pero aprovechando la capacidad del cómic para mostrar el horror visceral que la palabra escrita a veces solo sugiere. Por otro lado, versiones contemporáneas como la de Georges Bess apuestan por un despliegue gráfico barroco en blanco y negro que enfatiza la majestuosidad y el terror gótico puro.
En resumen, el cómic de Drácula es una pieza esencial que combina el horror clásico con la narrativa secuencial moderna. Es una crónica sobre la persistencia del mal, el peso del linaje y el choque entre la superstición antigua y la razón contemporánea. Para el lector, representa una oportunidad de explorar la figura del vampiro no como un cliché, sino como una fuerza de la naturaleza elegante, aterradora y eterna.