Dossier Negro no es simplemente una cabecera más en la historia del noveno arte en España; es el acta fundacional del cómic de terror adulto en el país y el pilar sobre el que se construyó el bum del género durante los años setenta y ochenta. Publicada por primera vez en 1968 por Ibero Mundial de Ediciones, esta revista marcó un antes y un después al romper con la tradición del "tebeo" infantil y juvenil, ofreciendo un contenido visual y narrativo que buscaba inquietar a un lector más maduro y sofisticado.
La estructura de *Dossier Negro* se define por su naturaleza de antología. A lo largo de sus más de dos décadas de existencia y sus 217 números, la revista funcionó como un contenedor de relatos cortos, autoconclusivos en su mayoría, que exploraban todas las vertientes del miedo: desde el horror gótico clásico poblado por vampiros, licántropos y fantasmas, hasta el terror psicológico, la ciencia ficción distópica y el suspense macabro con giros finales inesperados. Esta variedad permitía que cada número fuera una experiencia ecléctica, donde el lector podía saltar de una atmósfera de neblina victoriana a un futuro postapocalíptico en apenas unas páginas.
Uno de los aspectos técnicos más relevantes de la publicación fue su evolución editorial y artística. En sus inicios, la revista se nutrió en gran medida de material sindicado procedente de las prestigiosas publicaciones estadounidenses de Warren Publishing, como *Creepy*, *Eerie* y *Vampirella*. Esto permitió que el público español tuviera acceso a guiones de autores de la talla de Archie Goodwin y al arte de maestros internacionales. Sin embargo, la verdadera importancia de *Dossier Negro* reside en cómo se convirtió en el escaparate principal para la denominada "Escuela Española" de dibujantes, un grupo de artistas que, tras triunfar en el mercado norteamericano, vieron sus obras publicadas en su lengua materna a través de estas páginas.
Visualmente, el cómic es un catálogo de maestría en el uso del blanco y negro. La ausencia de color, lejos de ser una limitación, se convirtió en la mayor herramienta atmosférica de la revista. Los artistas de *Dossier Negro* —nombres capitales como Esteban Maroto, Josep Maria Beà, Enric Sió, Luis Bermejo, José Ortiz o Auraleón— elevaron el uso del claroscuro, el tramado manual y la mancha de tinta a niveles de virtuosismo pocas veces vistos. Cada viñeta estaba diseñada para potenciar la sensación de opresión, utilizando sombras densas y composiciones barrocas que sumergían al lector en una pesadilla visual constante.
A medida que la revista pasó por diferentes manos editoriales (de Ibero Mundial a Garbo Editorial y, finalmente, a Grijalbo), su tono fue mutando. Si bien el terror siempre fue el eje central, la publicación supo adaptarse a las corrientes estéticas de cada década, incorporando elementos de erotismo sutil, crítica social velada y una experimentación narrativa que desafiaba las estructuras convencionales del cómic de la época. Las portadas, a menudo realizadas por ilustradores de renombre como Sanjulián o Enrich, servían como un reclamo visual impactante que prometía (y cumplía) una incursión en lo prohibido y lo macabro.
En resumen, *Dossier Negro* es una pieza arqueológica fundamental para entender el cómic europeo. No solo fue la pionera que abrió el camino a otras revistas legendarias como *Vampus*, *Rufus* o la edición española de *Creepy*, sino que se mantuvo como un bastión de calidad artística durante veinte años. Su lectura hoy en día sigue siendo una lección de narrativa visual y una prueba de que el terror, cuando está ejecutado con talento y respeto por el género, es capaz de trascender su época para convertirse en un clásico imperecedero de la historieta.