Don Donald: El nacimiento de una leyenda y el romance en el desierto
Para cualquier estudioso de la novena arte y de la historia de la animación, hablar de *Don Donald* es referirse a un punto de inflexión fundamental en el universo de Walt Disney. Aunque muchos lo conocen por el cortometraje de 1937, su traslación y permanencia en el formato de cómic ha permitido que esta historia se consolide como el pilar sobre el cual se construyó la mitología personal del pato más irascible y querido de la cultura popular. En esta obra, nos alejamos de los suburbios habituales para adentrarnos en una aventura con sabor a salitre, cactus y romance bajo el sol de México.
La premisa de *Don Donald* nos presenta a un Pato Donald que asume el rol de un gallardo —aunque torpe— caballero español/mexicano. Ataviado con un sombrero de ala ancha, un sarape colorido y montado sobre su fiel (y testaruda) burrita, Donald emprende un viaje a través de un paisaje árido con un único y noble propósito: cortejar a la bella Donna Duck. Este nombre es vital para los coleccionistas, pues Donna es la prototipo técnica de Daisy Duck, marcando aquí su primera aparición histórica y estableciendo la dinámica de pareja que definiría décadas de historietas.
El conflicto central de la obra no reside en grandes villanos, sino en la lucha eterna de Donald contra las circunstancias y contra su propio temperamento. La narrativa se divide magistralmente en dos actos de seducción. En el primero, Donald intenta impresionar a Donna con su música y su montura tradicional, pero la naturaleza indómita de su burrita y la volatilidad emocional de Donna convierten el cortejo en un ejercicio de comedia física slapstick de primer nivel. Es aquí donde el dibujo brilla con especial intensidad: las expresiones faciales de los personajes comunican mucho más que los globos de texto, capturando la frustración creciente de Donald y el desdén sofisticado de Donna.
En el segundo acto, la historia da un giro hacia la modernidad. Donald, creyendo que el secreto del éxito amoroso reside en las posesiones materiales, decide cambiar su burrita por un flamante y brillante coche rojo. Este vehículo no es solo un objeto; en las viñetas, el coche adquiere una personalidad casi antropomórfica, representando la promesa de estatus y velocidad. Sin embargo, como es habitual en la narrativa de Disney, la tecnología resulta ser tan traicionera como la biología. El coche se convierte en una trampa de ingeniería que pone a prueba la paciencia de Donald y la seguridad de Donna, llevando la trama hacia un clímax de caos mecánico y desamor cómico.
Visualmente, el cómic de *Don Donald* es una delicia de la "Edad de Oro". El uso del color evoca la calidez del desierto y el contraste entre el azul marinero de Donald (aquí adaptado a su versión charra) y el rojo vibrante del automóvil crea una paleta dinámica que guía el ojo del lector a través de la acción desenfrenada. Los fondos, aunque minimalistas, logran transmitir esa sensación de aislamiento romántico que Donald busca desesperadamente romper.
Lo que hace que *Don Donald* sea una lectura esencial para un experto en cómics no es solo su valor histórico como el primer "solo" de Donald fuera de la sombra de Mickey Mouse, sino su capacidad para encapsular la esencia del personaje: Donald es el eterno optimista que se enfrenta a un universo que parece conspirar en su contra. Su relación con Donna establece el estándar de las "batallas de sexos" en el cómic infantil, donde la figura femenina no es una damisela pasiva, sino un personaje con tanto carácter y capacidad de réplica como el protagonista.
En conclusión, *Don Donald* es mucho más que una simple historieta de enredos amorosos. Es una pieza de arqueología pop que nos muestra a un Donald en transición, buscando su identidad entre la tradición y la modernidad, mientras intenta, de manera hilarante y conmovedora, navegar las turbulentas aguas del primer amor. Una lectura imprescindible para entender por qué, casi un siglo después, seguimos riendo con las desventuras de este pato de traje marinero y corazón de oro.