Doctor Who: Prisioneros del Tiempo (originalmente *Prisoners of Time*) no es solo una serie limitada de cómics; es el proyecto conmemorativo más ambicioso que la editorial IDW Publishing lanzó en 2013 para celebrar el quincuagésimo aniversario de la mítica serie de televisión británica. Escrita por los hermanos Scott y David Tipton, esta obra se estructura como una carta de amor a la mitología de la franquicia, logrando un hito narrativo: reunir y dar protagonismo a las primeras once encarnaciones del Doctor en una única historia cohesionada.
La premisa de la obra parte de un misterio que atraviesa el tiempo y el espacio. A lo largo de los primeros once números, cada entrega se centra en una encarnación específica del Doctor, siguiendo un orden cronológico desde el Primer Doctor (William Hartnell) hasta el Undécimo (Matt Smith). La trama se dispara cuando un enemigo en las sombras, cuya identidad se mantiene oculta hasta los compases finales, comienza a secuestrar a los acompañantes más icónicos del Señor del Tiempo. Desde Ian y Barbara hasta Amy Pond, los aliados del Doctor desaparecen sistemáticamente de sus respectivas líneas temporales, dejando al protagonista sumido en la confusión y la urgencia.
Narrativamente, los Tipton logran un equilibrio complejo. Cada número funciona como una aventura autoconclusiva que captura la esencia, el tono y el lenguaje de la era que representa. El lector viaja desde la atmósfera de ciencia ficción histórica y didáctica de los años 60, pasando por el horror gótico y la acción de los 70, hasta llegar al dinamismo frenético de la era moderna. Sin embargo, bajo estas aventuras individuales, subyace una trama horizontal que se va tejiendo sutilmente: el rastro de un adversario que parece conocer al Doctor mejor que él mismo y que guarda un rencor profundo nacido de eventos pasados.
Uno de los puntos más destacados de *Prisioneros del Tiempo* es su propuesta visual. Para enfatizar la naturaleza antológica y evolutiva de la serie, IDW optó por cambiar de artista en cada número. Esto permite que cada "era" tenga una identidad gráfica propia. Artistas como Simon Fraser, Lee Sullivan, Mike Collins o Gary Erskine aportan su estilo particular, logrando que el parecido físico de los actores originales sea reconocible sin caer en el fotorrealismo estático, manteniendo siempre la fluidez narrativa propia del noveno arte. El diseño de las viñetas y la paleta de colores se adaptan para evocar la estética visual de la televisión de cada década, lo que refuerza la sensación de viaje nostálgico.
El conflicto central de la obra no se limita a una simple batalla contra monstruos clásicos —aunque aparecen Daleks, Cybermen y otros enemigos recurrentes—, sino que profundiza en la importancia de los acompañantes. El cómic postula que el Doctor no es solo definido por su intelecto o su capacidad de regeneración, sino por las personas que elige para viajar a su lado. El secuestro de estos personajes no es solo un ataque físico, sino un intento de desmantelar la identidad misma del Doctor.
El clímax de la serie, que tiene lugar en el duodécimo número, actúa como el gran final donde todas las líneas temporales convergen. Es aquí donde la escala del cómic supera las limitaciones presupuestarias que la televisión podría haber tenido en su momento, ofreciendo un espectáculo visual y argumental donde las interacciones entre las diferentes encarnaciones del Doctor se convierten en el motor de la resolución.
En resumen, *Doctor Who: Prisioneros del Tiempo* es una obra esencial para entender la expansión de la franquicia en el medio impreso. No se limita a ser un producto de mercadotecnia por un aniversario, sino que construye una historia sólida sobre la memoria, las consecuencias de las acciones del Doctor y el valor incalculable de su legado humano. Es una celebración técnica y narrativa que respeta el canon mientras explora las posibilidades únicas que ofrece el cómic para narrar historias de escala multiversal.