Doctor Brande

En el vasto y a menudo inexplorado mapa del cómic español de finales del siglo XX, existen obras que se erigen como monolitos de introspección y vanguardia narrativa. 'Doctor Brande', la magistral colaboración entre el guionista Felipe Hernández Cava y el dibujante Federico del Barrio, es, sin lugar a dudas, una de esas piezas fundamentales. Publicada originalmente por entregas y posteriormente recopilada, esta obra no es solo un ejercicio de género negro, sino una profunda disección de la culpa, la memoria y las sombras que proyecta la historia sobre el individuo.

La trama nos sitúa en una Europa de posguerra, un escenario que respira un aire viciado de secretos y arrepentimientos. El protagonista, el enigmático Doctor Brande, es un hombre cuya profesión —la medicina— parece ser tanto una vocación como un refugio o, quizás, una penitencia. Brande no es el típico héroe de mandíbula cuadrada; es un personaje complejo, de una sobriedad casi gélida, que se mueve por un mundo que intenta reconstruirse sobre los escombros de la barbarie. La narrativa nos sumerge en su cotidianeidad, una que pronto se ve alterada por ecos de un pasado que se niega a permanecer enterrado.

Sin entrar en detalles que arruinen la experiencia del lector, la sinopsis de 'Doctor Brande' se articula en torno a la identidad. A través de una serie de encuentros, diálogos cargados de subtexto y silencios prolongados, la obra explora cómo los traumas colectivos de un continente herido se manifiestan en la psique de un solo hombre. Brande se ve envuelto en una red de lealtades cuestionables y dilemas éticos que desafían su objetividad científica. La historia avanza no mediante grandes explosiones de acción, sino a través de una tensión psicológica creciente, donde cada sombra en un callejón parece contener una pregunta sobre la moralidad del protagonista.

Lo que eleva a 'Doctor Brande' a la categoría de obra de culto es la simbiosis perfecta entre el guion de Cava y el arte de Del Barrio. Cava, conocido por su capacidad para dotar a la historieta de una densidad literaria sin precedentes, construye un relato fragmentado, casi onírico por momentos, que exige una lectura activa. No se nos da todo masticado; el lector debe recomponer el puzle de la vida de Brande a partir de retazos de memoria y observaciones agudas sobre la condición humana.

Por su parte, Federico del Barrio despliega un apartado visual que es puro expresionismo. Su uso del blanco y negro no es meramente estético, sino narrativo. El claroscuro define no solo los espacios físicos —esas consultas médicas claustrofóbicas, esas calles europeas que parecen laberintos— sino también los espacios mentales de los personajes. Las líneas son precisas pero cargadas de una angustia existencial que recuerda al cine negro más depurado y a las vanguardias artísticas de entreguerras. La composición de página rompe a menudo las estructuras convencionales para reflejar la desorientación y la fragmentación de la memoria del doctor.

'Doctor Brande' es, en esencia, un viaje hacia el interior de la sombra. Es una obra que trata sobre la responsabilidad individual frente a la maquinaria de la historia. ¿Puede un hombre desvincularse de sus actos pasados? ¿Es la medicina un acto de curación o una forma de control? A medida que acompañamos a Brande en sus reflexiones y en sus erráticos movimientos por una ciudad que parece observarlo, nos damos cuenta de que el verdadero misterio no es un crimen externo, sino la naturaleza misma del hombre que da nombre al

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