Danske, la obra de Álvaro Ortiz publicada por Astiberri, se sitúa como una pieza fundamental para entender la evolución del cómic de autor contemporáneo en España. Tras consolidarse con obras de largo aliento como *Cenizas*, *Murderabilia* o *Rituales*, Ortiz propone en este volumen una narrativa que camina sobre la delgada línea que separa el diario de viaje, la autoficción y el suspense psicológico. El cómic nace de una experiencia real: la estancia del autor en Copenhague gracias a una beca en la Danske Statens Værksteder for Kunst (Talleres de Arte del Estado Danés). Sin embargo, lo que comienza como una crónica de residencia artística pronto se transforma en algo mucho más complejo y difícil de clasificar.
La premisa nos presenta a un alter ego del propio Ortiz llegando a la capital danesa con el encargo —o la autoimposición— de trabajar en un nuevo proyecto. El entorno, gélido y arquitectónicamente impecable, actúa como el primer catalizador de la historia. Copenhague no es aquí un simple decorado postal; es un espacio que impone una soledad específica, una desconexión que el autor utiliza para explorar la parálisis creativa y el aislamiento del extranjero. La narrativa se construye a través de la cotidianidad: los paseos en bicicleta, las visitas a supermercados, la búsqueda de café y la interacción limitada con los lugareños. Pero, fiel al estilo de Ortiz, la normalidad es solo una capa superficial que esconde una tensión latente.
El núcleo de *Danske* reside en su capacidad para hibridar géneros. Mientras el lector acompaña al protagonista en su rutina, se introduce un elemento disruptivo: un misterio que parece sacado de una novela negra nórdica pero filtrado por una sensibilidad costumbrista. La aparición de ciertos personajes secundarios y el descubrimiento de detalles aparentemente insignificantes en el entorno urbano empiezan a obsesionar al protagonista. Esta deriva hacia el *thriller* no rompe el tono de la obra, sino que lo enriquece, convirtiendo la estancia en Dinamarca en una suerte de laberinto mental donde la realidad y la sospecha se confunden.
Temáticamente, el cómic aborda con lucidez el proceso creativo. Ortiz reflexiona sobre la presión de producir arte en un entorno subvencionado y la paradoja de tener todo el tiempo del mundo y, a la vez, sentirse incapaz de avanzar. La obra captura ese sentimiento de impostura que a menudo asalta al creador, utilizando el humor autocrítico y la ironía para rebajar la densidad del drama existencial. Es un cómic sobre el hecho de hacer cómics, pero también sobre la necesidad humana de encontrar patrones y significados en el caos de la vida diaria.
En el apartado visual, *Danske* muestra a un Álvaro Ortiz en plena madurez técnica. Su dibujo, caracterizado por una línea clara muy personal y un diseño de personajes expresivo pero sintético, se adapta perfectamente a la retícula de la página. El autor mantiene su preferencia por composiciones de página densas, con numerosas viñetas que marcan un ritmo de lectura ágil pero que obligan a detenerse en los detalles. El uso del color es, como siempre en su bibliografía, magistral. La paleta cromática está cuidadosamente seleccionada para transmitir la atmósfera de Copenhague: tonos fríos, azules y grises que contrastan con colores cálidos en interiores, reforzando la sensación de refugio frente a la intemperie danesa.
La estructura narrativa es circular y orgánica. Ortiz maneja los tiempos con precisión, alternando momentos de introspección silenciosa con diálogos afilados y secuencias de acción contenida. No hay artificios innecesarios; cada elemento visual y narrativo cumple una función en la construcción de la intriga y en el desarrollo emocional del protagonista. *Danske* evita los tropos habituales del cuaderno de viaje para ofrecer una experiencia inmersiva que apela a la curiosidad del lector, manteniéndolo en vilo sin necesidad de recurrir a giros de guion forzados.
En definitiva, *Danske* es una obra que confirma a Álvaro Ortiz como uno de los narradores más sólidos del panorama actual. Es un cómic que se lee con la rapidez de una novela de misterio pero que permanece en la memoria por su honestidad y su capacidad para retratar la extrañeza de estar vivo en un lugar que no te pertenece. Una pieza imprescindible que demuestra que, a veces, para encontrarse a uno mismo o a una buena historia, es necesario perderse en el invierno de una ciudad desconocida.