Cucalon

Cucalón: El último gran destello de la era dorada del tebeo español

Para entender qué representa *Cucalón*, es necesario situarse en un momento crucial de la historia del noveno arte en España. A finales de los años 80, el panorama editorial estaba sufriendo una transformación radical. Tras la caída de la mítica Editorial Bruguera, Ediciones B tomó el relevo, heredando un vasto catálogo de personajes y la difícil misión de modernizar el concepto de revista de historietas para una nueva generación de lectores que ya empezaba a mirar de reojo a la televisión y a los primeros videojuegos. En este contexto de transición, nació en 1989 la revista *Cucalón*, capitaneada por la pluma y el ingenio del genio indiscutible del humor español: Francisco Ibáñez.

*Cucalón* no es solo el nombre de la cabecera, sino también el de su protagonista absoluto. La obra nos presenta a un niño inquieto, de corta estatura, coronado por una gorra y unas gafas redondas que le confieren un aire de inocencia engañosa. A diferencia de otros personajes infantiles de la época, Cucalón no buscaba ser un ejemplo de virtudes, sino un motor de caos cómico. Es el heredero espiritual de la tradición del "slapstick" o humor de bofetón que Ibáñez perfeccionó en *Mortadelo y Filemón* o *13, Rue del Percebe*, pero destilado a través de la mirada de la infancia.

La premisa de la serie es, en apariencia, sencilla: las peripecias cotidianas de un niño con una capacidad asombrosa para meterse en líos y, sobre todo, para sacudir la monotonía de los adultos que lo rodean. Sin embargo, bajo esta sencillez subyace la maestría narrativa de Ibáñez. Cada historieta es un mecanismo de relojería suizo diseñado para la carcajada. El autor despliega aquí todo su arsenal visual: un dibujo dinámico, elástico y rebosante de energía, donde el movimiento se siente en cada viñeta.

Uno de los aspectos más fascinantes de *Cucalón* para cualquier experto o coleccionista es su estilo artístico. En esta etapa, Ibáñez se encontraba en una madurez creativa donde su trazo era más fluido que nunca. Las páginas de *Cucalón* están abarrotadas de detalles. No solo importa lo que le sucede al protagonista en el primer plano; el verdadero deleite para el lector atento reside en los "gags" secundarios que ocurren en los márgenes. Los famosos ratoncitos de Ibáñez, las arañas con sombrero, o los objetos inanimados que cobran vida propia para realizar alguna acción absurda, pueblan cada rincón de la página, convirtiendo la lectura en una experiencia de búsqueda y descubrimiento.

La revista *Cucalón* funcionó además como un contenedor de lujo. Aunque el personaje principal era el reclamo, la publicación intentó rescatar el espíritu de las antiguas revistas de Bruguera como *Pulgarcito* o *Zipi y Zape*, ofreciendo una mezcla de series nuevas y clásicas. Fue un intento valiente de mantener viva la llama del tebeo semanal en un mercado que se volvía cada vez más difícil. Cucalón, como personaje, representaba esa frescura necesaria: era un niño de su tiempo, pero con el ADN del humor eterno de su creador.

Sin entrar en detalles que arruinen la experiencia del lector, se puede decir que el humor de *Cucalón* se basa en la exageración y en la subversión de la autoridad. Ya sea en el colegio, en el parque o en su propia casa, las acciones del protagonista suelen terminar en desastres monumentales que, paradójicamente, resultan visualmente hermosos por la complejidad de las composiciones de Ibáñez. Es un cómic que celebra la travesura no como un acto de maldad, sino como una fuerza de la naturaleza incontrolable.

Hoy en día, *Cucalón* es recordado con una mezcla de nostalgia y respeto técnico. Para el estudioso del cómic, representa el esfuerzo de un autor consagrado por conectar con una juventud cambiante sin traicionar sus raíces. Para el lector casual, es una fuente inagotable de risas que no ha envejecido, gracias a que el humor físico y la sátira de las situaciones cotidianas son universales.

En conclusión, *Cucalón* es una pieza

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