La serie Cuadernos Baturricos, publicada originalmente por la mítica Editorial Valenciana a partir de la década de 1940, representa uno de los pilares del humor regionalista dentro de la historia del tebeo español. Esta colección, que en sus primeros doce números asienta las bases de su éxito, es obra del dibujante y guionista Enrique Cerdán Fuentes, quien logró capturar y destilar la esencia del arquetipo del «baturro» aragonés para convertirlo en un fenómeno de consumo nacional.
Los números 01 al 12 de esta cabecera no constituyen una narrativa lineal o una historia de continuidad, sino que se estructuran como una sucesión de chistes, tiras cómicas y breves historietas autoconclusivas. El eje central es la figura del campesino aragonés, caracterizado por su nobleza, su franqueza absoluta y, sobre todo, por una tozudez legendaria que roza lo surrealista. Este personaje, lejos de ser una burla despectiva, se presenta como un héroe de la cotidianidad que utiliza la lógica más aplastante para desarmar situaciones complejas o para enfrentarse a la modernidad y a las autoridades de la época.
Desde el punto de vista técnico, el trabajo de Cerdán en estos primeros doce ejemplares destaca por una limpieza de línea envidiable. El dibujo es funcional, de trazo seguro y marcadamente caricaturesco, pero con un detallismo preciso en la representación de la indumentaria tradicional: el cachirulo (pañuelo regional), la faja y las abarcas. Los escenarios, aunque a menudo minimalistas para no distraer del remate del chiste, evocan con eficacia el entorno rural, las plazas de los pueblos y las áridas tierras de Aragón. La expresividad facial de los personajes es uno de los puntos fuertes de la obra; Cerdán consigue transmitir la picardía, el asombro o la indignación del baturro con apenas unos pocos rasgos.
El guion y el lenguaje son elementos fundamentales en este bloque inicial de la colección. El autor hace un uso intensivo del habla regional, incorporando modismos, giros gramaticales y el característico uso del sufijo «-ico», que da nombre a la serie. Este lenguaje no solo aporta autenticidad, sino que marca el ritmo de la lectura, obligando al lector a sumergirse en una cadencia específica que potencia el efecto cómico. El humor presente en estos cuadernos es un humor «blanco», basado en el equívoco, la respuesta inesperada y la confrontación entre la sabiduría popular y la sofisticación urbana o académica.
En estos primeros doce números, se observa también una evolución en la composición de la página. Si bien el formato de cuadernillo apaisado condiciona la disposición de las viñetas, Cerdán experimenta con la distribución para dar mayor dinamismo a los remates visuales. La estructura suele seguir un esquema de planteamiento rápido y una resolución fulminante en la última viñeta, a menudo con el protagonista rompiendo la cuarta pared o dejando a su interlocutor en un estado de absoluta perplejidad.
Históricamente, los números 01-12 de *Cuadernos Baturricos* son esenciales para comprender la industria del entretenimiento en la España de la posguerra. En un contexto de censura y dificultades económicas, este tipo de publicaciones ofrecían una evasión basada en la identidad y las raíces culturales. La Editorial Valenciana, que ya contaba con éxitos como *Jaimito* o *Pumby*, encontró en la obra de Cerdán un producto que conectaba con un público transversal: desde el lector rural que se veía reflejado, hasta el lector urbano que sentía nostalgia o simpatía por ese mundo que empezaba a transformarse.
En resumen, este bloque inicial de la serie es una pieza de coleccionista que documenta la maestría de Enrique Cerdán en el género del humor costumbrista. Su relevancia radica en haber elevado la anécdota regional a la categoría de humor universal, manteniendo un equilibrio entre el respeto a la tradición y la eficacia narrativa del lenguaje del cómic. Es una obra desprovista de artificios innecesarios, centrada exclusivamente en la potencia del gag y en la construcción de un personaje icónico que forma parte del patrimonio gráfico español.