Conan: La isla sin retorno representa un hito fundamental en la cronología de Marvel Comics durante la década de los 70, específicamente dentro de la cabecera *Conan the Barbarian*. Este relato, que adapta y expande la esencia de la obra original de Robert E. Howard bajo la pluma de Roy Thomas y el arte de Barry Windsor-Smith, se sitúa en un punto de inflexión donde la narrativa de espada y brujería comenzó a madurar hacia una complejidad visual y temática superior.
La trama sitúa a un Conan joven, todavía en su etapa de mercenario errante y aventurero de fortuna, navegando por las traicioneras aguas del Mar Occidental. Tras una serie de eventos fortuitos y enfrentamientos navales, el cimmerio termina varado en una isla que no figura en las cartas náuticas convencionales. Lo que inicialmente parece un refugio natural tras el naufragio se revela rápidamente como un entorno hostil, regido por leyes que desafían la lógica del mundo civilizado y la propia comprensión del bárbaro.
Desde el punto de vista narrativo, el cómic se estructura como un ejercicio de supervivencia pura. La isla funciona no solo como escenario, sino como un antagonista per se. Thomas utiliza este entorno aislado para despojar a Conan de sus apoyos habituales, obligándolo a confiar exclusivamente en su instinto primario y su capacidad de adaptación. La atmósfera está impregnada de un horror cósmico sutil, muy en la línea de las influencias de H.P. Lovecraft que Howard solía integrar en sus relatos. El misterio central gira en torno a una civilización olvidada o, mejor dicho, a los restos degenerados de lo que alguna vez fue un enclave de poder, ahora sumido en la decadencia y la adoración de entidades oscuras.
El desarrollo de la historia evita los tropos simplistas del género. No se trata únicamente de un desfile de monstruos, sino de una exploración de la soledad y la paranoia. Conan se encuentra con otros supervivientes, lo que permite al lector observar el contraste entre la resiliencia del bárbaro y la fragilidad moral y física de aquellos que provienen de naciones supuestamente avanzadas. La interacción entre estos personajes sirve para subrayar la filosofía de Howard: en un mundo donde la magia y lo desconocido son amenazas reales, la fuerza de voluntad y la honestidad del acero son las únicas constantes.
En el apartado visual, el trabajo de Barry Windsor-Smith en este número es crucial. Se observa la transición del artista desde un estilo influenciado por Jack Kirby hacia una estética mucho más detallista, cercana al prerrafaelismo y al *art nouveau*. Las composiciones de las viñetas en la isla enfatizan la claustrofobia de la selva y la grandiosidad decadente de las ruinas. El uso de las sombras y la textura de la vegetación contribuyen a crear una sensación de peligro constante que acecha fuera del campo visual del protagonista.
El conflicto escala cuando Conan descubre que la isla es el hogar de una entidad o fuerza que requiere sacrificios para mantener un equilibrio antinatural. Sin entrar en detalles que arruinen la experiencia de lectura, el clímax de la obra pone a prueba no solo la destreza física del cimmerio, sino su capacidad para comprender amenazas que no pueden ser derrotadas simplemente mediante la fuerza bruta. La resolución del conflicto mantiene el tono agridulce característico de la serie, reforzando la idea de que Conan