La Colección Dumbo no es simplemente una serie de tebeos; es un pilar fundamental de la educación sentimental y visual de varias generaciones de lectores en España. Publicada originalmente por la mítica editorial ERSA (Ediciones Recreativas S.A.), esta cabecera se convirtió en el vehículo principal para que el universo de Walt Disney desembarcara con fuerza en los quioscos españoles, especialmente a partir de la década de los años 50 y extendiéndose con éxito durante los 60 y 70.
Como experto en el noveno arte, es imposible hablar de la historia del cómic en España sin detenerse en esta colección. Su importancia radica en haber sido la ventana a un mundo de fantasía, aventura y humor blanco que contrastaba con la realidad social de la época. Aunque su nombre evoca directamente al tierno elefante de las grandes orejas, la Colección Dumbo funcionó como una antología integral que albergaba a todo el elenco estelar de la factoría Disney, desde el ratón Mickey hasta el pato Donald, pasando por personajes que alcanzarían una popularidad inusitada gracias a estas páginas.
El corazón de la colección latía al ritmo de las peripecias en Patoburgo y Ratonia. En sus páginas, los lectores descubrieron la compleja y fascinante mitología de la familia Pato. Fue aquí donde el público español se familiarizó con la avaricia aventurera del Tío Gilito (Scrooge McDuck), las travesuras ingeniosas de Jaimito, Jorgito y Juanito, y la eterna mala suerte de un Pato Donald que, a pesar de sus constantes fracasos, nunca se rendía. Estas historias no eran meros entretenimientos infantiles; bajo la apariencia de fábulas animales, se escondían sátiras sociales, expediciones arqueológicas de primer nivel y lecciones sobre la perseverancia y la familia.
Uno de los mayores valores de la Colección Dumbo fue la calidad técnica de sus contenidos. Aunque en aquella época los autores rara vez firmaban sus obras, hoy sabemos que por estas páginas desfilaron los lápices de maestros absolutos como Carl Barks, el "buen artista de los patos", cuyas historias de búsqueda de tesoros definieron el estándar de la aventura moderna. También encontramos la influencia de Floyd Gottfredson en las tiras de Mickey Mouse, aportando un dinamismo y un sentido del misterio que elevaban el tebeo por encima de la media de las publicaciones de la época.
El formato físico de la colección también merece mención. Con sus portadas coloridas y su papel que, con el tiempo, ha adquirido ese aroma nostálgico a celulosa antigua, los ejemplares de Dumbo eran objetos de deseo. La estructura de la revista solía combinar una historia larga principal con varias historietas cortas de complemento, protagonizadas por personajes secundarios como Goofy, Pluto, o incluso personajes de los largometrajes animados del momento, como Bambi o los Aristogatos. Esta variedad aseguraba que cada número fuera una experiencia completa y diversa.
Sin revelar tramas específicas, se puede decir que la Colección Dumbo exploraba una amplia gama de géneros. Podíamos encontrar desde un "thriller" detectivesco resuelto por Mickey y el Comisario Dabuti (O'Hara), hasta una odisea espacial o un viaje en el tiempo gracias a los inventos de Giro Sintornillos (Gyro Gearloose). Esta versatilidad permitía que el cómic creciera con el lector: los más pequeños disfrutaban con el "slapstick" y el humor visual, mientras que los lectores más maduros apreciaban la construcción de los mundos y los diálogos ingeniosos.
Además, la colección cumplió una función lingüística y cultural crucial. Las traducciones y adaptaciones al español de la época dotaron a los personajes de una personalidad propia, con modismos y expresiones que se integraron en el lenguaje cotidiano de los niños españoles. La "Colección Dumbo" no solo importaba historias de Estados Unidos o de las factorías europeas de Disney (como la italiana, que aportaba un toque de sofisticación y drama), sino que las "españolizaba" en espíritu, convirtiendo a Donald y compañía en vecinos cercanos de cualquier barrio.
Hoy en día, la Colección Dumbo es una pieza de coleccionista codiciada, no solo por su valor nostálgico, sino por la calidad intrínseca de sus guiones y dibujos. Representa una era dorada donde el cómic era el rey del entretenimiento infantil y juvenil, antes de la llegada masiva de la televisión y los videojuegos. Leer un número de esta colección hoy es realizar un viaje arqueológico a la inocencia, a la aventura pura y a un estilo de narrativa visual que sentó las bases de lo que hoy entendemos por narrativa gráfica de calidad. Es, en definitiva, el testimonio de un tiempo donde abrir un tebeo significaba, literalmente, desplegar las orejas y volar hacia mundos donde todo era posible.