La «Col·lecció Gràfica – Sèrie Còmics» de Editorial Bruguera constituye uno de los hitos fundamentales en la historia de la edición de historietas en España, marcando un punto de inflexión en la transición del formato popular del «tebeo» hacia el concepto moderno de álbum de cómic europeo. Lanzada a finales de la década de 1970, esta colección no fue simplemente una serie más en el vasto catálogo de la editorial barcelonesa, sino una declaración de intenciones estética y narrativa que buscaba equiparar el mercado nacional con las corrientes más vanguardistas del mercado franco-belga.
El núcleo de esta colección reside en su capacidad para aglutinar bajo un mismo sello editorial las obras maestras de la historieta de aventuras, el género negro, el wéstern y la ciencia ficción de autor. A diferencia de las publicaciones seriadas en revistas de consumo rápido, la «Col·lecció Gràfica» apostó por una presentación más cuidada, con un formato de mayor tamaño que permitía apreciar el detalle del dibujo y una calidad de papel que dignificaba el trabajo de los artistas. Fue el vehículo a través del cual el público español pudo acceder de forma integral a las páginas de autores que hoy son considerados leyendas indiscutibles del noveno arte.
Dentro de su catálogo, destaca de manera primordial la presencia del wéstern crepuscular y realista. Obras como *Teniente Blueberry*, de Jean-Michel Charlier y Jean Giraud (Moebius), encontraron en esta serie un espacio donde su narrativa densa y su evolución gráfica podían desplegarse con total libertad. La colección permitió seguir la transformación de Mike S. Blueberry, desde un oficial rebelde hasta un paria perseguido, bajo un prisma visual que revolucionó el género. Del mismo modo, la serie *Comanche*, con guiones de Greg y el dibujo visceral de Hermann, aportó una visión cruda y violenta de la frontera americana, alejándose de los arquetipos clásicos para centrarse en la psicología de los personajes y la dureza del entorno.
La aventura clásica y el espionaje también tuvieron un peso específico en la colección. Títulos como *Bernard Prince* y *Bruno Brazil*, ambos con guiones del prolífico Greg y dibujos de Hermann y William Vance respectivamente, definieron el estándar de la acción moderna. *Bernard Prince* transportaba al lector a escenarios exóticos con un realismo gráfico impactante, mientras que *Bruno Brazil* introducía elementos del cine de espionaje y los comandos especiales, con una narrativa ágil y un uso del color que rompía con la monotonía de las publicaciones infantiles de la época.
No se puede hablar de la «Col·lecció Gràfica – Sèrie Còmics» sin mencionar la incursión en la ciencia ficción y el misticismo. *Luc Orient*, de Greg y Eddy Paape, ofrecía una visión del género que mezclaba la exploración planetaria con elementos fantásticos, siempre apoyada en un dibujo académico pero dinámico. Sin embargo, el punto de sofisticación máxima lo aportó la inclusión de *Corto Maltés*, la obra cumbre de Hugo Pratt. La presencia del marino maltés en esta colección supuso la entrada definitiva del cómic literario y poético en el catálogo de Bruguera, ofreciendo historias donde el silencio, la atmósfera y la ambigüedad moral prevalecían sobre la acción pura.
Desde un punto de vista técnico, la colección se caracterizó por respetar la integridad de las planchas originales, algo que no siempre ocurría en las ediciones de la época. El lector se encontraba ante una narrativa visual que exigía una lectura más pausada y atenta. Los guiones ya no eran meros acompañamientos de la imagen, sino estructuras complejas con diálogos elaborados y tramas que se extendían a lo largo de varios álbumes, fomentando el coleccionismo y la fidelidad del lector adulto o juvenil avanzado.
En definitiva, la «Col·lecció Gràfica – Sèrie Còmics» fue el puente necesario para que el cómic en España dejara de ser considerado un producto exclusivamente infantil. Fue la vitrina donde el talento de los grandes maestros europeos se exhibió con la seriedad que merecía, influyendo a generaciones de dibujantes locales y educando el gusto de un público que empezaba a entender la historieta como una forma de arte mayor. Su legado perdura hoy en las bibliotecas de los coleccionistas como el testimonio de una época dorada donde la aventura y el dibujo de calidad se dieron la mano en una edición inolvidable.