Cimarrón: El eco de la sangre en la pampa infinita
Adentrarse en las páginas de *Cimarrón*, la obra cumbre de Santiago Sánchez Kutika en el guion y Lautaro Fiszman en el arte, es realizar un viaje visceral hacia las entrañas de una Argentina que todavía no terminaba de nacer, o que quizá estaba naciendo a través del dolor y el hierro. Como experto en el noveno arte, puedo afirmar que nos encontramos ante una de las piezas más crudas, atmosféricas y necesarias de la narrativa gráfica latinoamericana contemporánea. Esta no es una historia de gauchos idealizados de calendario; es una crónica de supervivencia, identidad y sombras en el desierto pampeano del siglo XIX.
La trama nos sitúa en la inmensidad de la frontera, ese espacio liminal donde la "civilización" que intenta imponer el Estado choca frontalmente contra la "barbarie" de la tierra indómita y sus habitantes originarios. El protagonista, cuyo nombre da título a la obra, es un hombre que encarna la figura del paria. Un "cimarrón" es, por definición, aquel animal doméstico que huye al campo y se vuelve salvaje. Aquí, el término adquiere una dimensión antropológica y existencial: nuestro protagonista es un desertor, un hombre que ha escapado de las levas forzosas del ejército, de la disciplina de los fortines y de una sociedad que solo lo ve como carne de cañón.
La sinopsis nos plantea un recorrido errante. Cimarrón se desplaza por una geografía que parece no tener fin, donde el horizonte es una promesa y una amenaza al mismo tiempo. En su camino, se cruza con los restos de una guerra silenciosa y atroz. No se trata solo de la lucha entre el blanco y el indígena, sino de la lucha del hombre contra una naturaleza que lo devora y contra su propia herencia de violencia. La narrativa de Kutika huye de los diálogos expositivos innecesarios; prefiere que el lector sienta el frío de la noche pampeana y el olor a pólvora y cuero viejo a través de las acciones y los silencios de sus personajes.
El apartado visual de Lautaro Fiszman merece un análisis aparte. Su estilo es una explosión de expresionismo en blanco y negro que parece tallado directamente sobre la madera o grabado en ácido. No hay grises de cortesía en *Cimarrón*; hay contrastes brutales. El uso de las manchas de tinta negra crea una atmósfera de opresión incluso en los espacios abiertos. Los rostros de los personajes están surcados por arrugas que parecen cicatrices, y las escenas de acción poseen una fuerza cinética que casi permite escuchar el choque de los facones. Fiszman logra que el barro, la sangre y el sudor traspasen el papel, convirtiendo la lectura en una experiencia sensorial casi física.
A medida que avanzamos, la obra adquiere tintes de *western* crepuscular mezclado con el horror atávico de la literatura gauchesca más oscura (aquella que bebe de las fuentes de un *Facundo* o un *Martín Fierro*, pero despojada de cualquier romanticismo). El cómic explora la psicología de la soledad. ¿Qué queda de un hombre cuando se le quita su hogar, su bandera y su propósito? Lo que queda es el instinto, y es ese instinto el que guía a Cimarrón a través de encuentros fortuitos con otros desposeídos, militares crueles y sombras del pasado que se niegan a morir.
Sin caer en spoilers, es fundamental destacar que *Cimarrón* no busca ofrecer respuestas fáciles ni moralejas reconfortantes. Es un espejo oscuro de la historia argentina y, por extensión, de la formación de cualquier nación sobre el sacrificio de los invisibles. Es una obra que exige atención, que no teme mostrar la fealdad y que encuentra una belleza terrible en la desolación.
En conclusión, *Cimarrón* es una lectura obligatoria para quienes buscan en el cómic algo más que entretenimiento escapista. Es una pieza de arte gráfico que dialoga con la tradición literaria de un continente y que consolida a sus autores como voces fundamentales del medio. Si te atreves a cruzar la frontera y perderte en la pampa de Kutika y Fiszman, prepárate: la huella que deja este cómic en el lector es tan profunda como la de un galope en la tierra fresca.