Ciencia Ficción: Una odisea de sombras y neón en el noveno arte
Cuando hablamos de "Ciencia Ficción", la obra maestra gestada por el guionista Federico Blum y el ilustrador Marcelo Frusin, no nos referimos simplemente a un título descriptivo de un género, sino a una de las piezas más atmosféricas, crudas y visualmente arrebatadoras de la historieta contemporánea. Publicada originalmente por entregas en la mítica revista argentina *Fierro* y posteriormente recopilada como novela gráfica, esta obra se erige como un testamento de la ciencia ficción "sucia", heredera directa del *cyberpunk* más existencialista y del *noir* más desesperanzado.
La premisa de *Ciencia Ficción* nos sitúa en un futuro distópico que se siente dolorosamente tangible. No estamos ante una utopía de naves relucientes y uniformes inmaculados, sino ante una metrópolis hipertrofiada, una ciudad-mundo que parece devorarse a sí misma bajo una lluvia perpetua y una neblina de contaminación que oculta tanto el sol como la moral de sus habitantes. En este escenario, la tecnología no ha venido a salvar a la humanidad, sino a perfeccionar sus vicios, a profundizar las brechas sociales y a convertir la identidad en una mercancía volátil.
La narrativa nos presenta a un protagonista que encarna el arquetipo del antihéroe del género negro, pero trasladado a un entorno de alta tecnología y baja calidad de vida. Es un hombre que se mueve por los márgenes de la sociedad, un rastreador de verdades en un mundo construido sobre simulacros. La trama arranca con una búsqueda, un misterio aparentemente sencillo que, como en las mejores obras de Raymond Chandler o Philip K. Dick, pronto se revela como la punta del iceberg de una conspiración mucho más profunda que cuestiona la naturaleza misma de la realidad y la memoria.
Lo que hace que *Ciencia Ficción* destaque por encima de otras obras del género es la simbiosis perfecta entre el guion de Blum y el arte de Frusin. Federico Blum construye una historia de ritmo pausado pero implacable, donde los silencios dicen tanto como los diálogos. Su escritura huye de la exposición excesiva; prefiere que el lector descubra las reglas de este mundo a través de los detalles, de las miradas y de la decadencia de los entornos. Es una narrativa que confía en la inteligencia del lector, planteando dilemas éticos sobre la inteligencia artificial, la manipulación genética y el control corporativo sin caer en el sermón moralista.
Por otro lado, el trabajo de Marcelo Frusin es, sencillamente, magistral. Frusin, conocido internacionalmente por su paso por cabeceras como *Hellblazer* o *Loveless*, despliega aquí todo su arsenal técnico. Su manejo del claroscuro es sobrecogedor, utilizando las sombras no solo para ocultar, sino para dar volumen y peso dramático a cada viñeta. Su trazo, sucio y detallado a la vez, logra transmitir la textura del metal oxidado, la humedad de las calles y el cansancio en los rostros de los personajes. La arquitectura de la ciudad que dibuja Frusin es un personaje en sí mismo: opresiva, laberíntica y fascinante, recordándonos por momentos a la estética de *Blade Runner* o a los mundos de Enki Bilal, pero con una identidad propia y marcadamente rioplatense.
La obra explora la alienación del individuo en la era tecnológica. A medida que avanz