Chinatown, la obra seminal de Daniel Torres, representa uno de los hitos más sofisticados del cómic español de los años 80, consolidándose como la pieza angular de lo que se denominó la "Nueva Escuela Valenciana". En esta primera etapa, Torres no solo narra una historia de género, sino que construye un universo estético que redefine los límites de la Línea Clara, alejándola del canon francobelga tradicional para imbuirla de una atmósfera cinematográfica, nostálgica y profundamente urbana.
La trama de esta primera etapa nos sumerge en una metrópolis atemporal, un escenario que bebe directamente del *film noir* de los años 40 y 50, pero que se siente extrañamente moderno gracias a un diseño de producción meticuloso. La narrativa se despliega en los callejones, clubes nocturnos y despachos sombríos de un barrio chino que funciona como un microcosmos de corrupción, honor y misterio. El protagonista, un trasunto del detective clásico pero dotado de una vulnerabilidad contemporánea, se ve envuelto en una red de intrigas donde las lealtades son tan volátiles como el humo de los cigarrillos que inundan las viñetas.
Desde el punto de vista técnico, la primera etapa de *Chinatown* es un ejercicio de precisión arquitectónica. Daniel Torres demuestra una obsesión casi académica por el espacio. La ciudad no es un simple fondo; es un personaje activo que condiciona el ritmo de la lectura. Los edificios, los vehículos de líneas aerodinámicas y el vestuario de los personajes están dibujados con una pulcritud que busca la claridad absoluta, eliminando cualquier trazo superfluo para centrarse en la esencia de la forma. Sin embargo, esta limpieza visual no resta profundidad a la obra; al contrario, resalta el contraste entre la pureza del dibujo y la turbiedad moral de los conflictos que presenta.
El guion se estructura mediante una cadencia pausada, permitiendo que el lector absorba los detalles de cada plano. Torres utiliza el silencio de manera magistral, confiando en la narrativa visual para transmitir la soledad de sus personajes y la opresión del entorno urbano. La influencia del cine es omnipresente: desde los encuadres en contrapicado que magnifican la arquitectura hasta el uso de las sombras, que aquí no son manchas de tinta informes, sino áreas delimitadas con precisión que juegan un papel narrativo fundamental en la creación de suspense.
En esta etapa inicial, el autor también explora la dualidad cultural. El "Chinatown" de Torres es un lugar de frontera, un espacio donde colisionan la tradición oriental y el pragmatismo occidental. Este choque se refleja en los diálogos cortantes y en una trama que, aunque evita los giros efectistas, mantiene una tensión constante basada en lo que no se dice. La obra huye de los clichés del cómic de acción para adentrarse en el terreno del drama psicológico y la intriga política a pequeña escala.
Para el estudioso del medio, esta primera etapa es fundamental para entender la evolución del cómic europeo hacia la madurez temática. Daniel Torres logra despojar al género negro de sus elementos más truculentos para ofrecer una visión estilizada, casi onírica, de la criminalidad y la búsqueda de la verdad. Es una obra que exige una lectura atenta, no por su complejidad argumental, sino por la riqueza de matices que se esconden en su composición visual.
En conclusión, *Chinatown – 1º Etapa* es mucho más que un ejercicio de estilo. Es la confirmación de Daniel Torres como un arquitecto de ficciones, capaz de levantar una ciudad entera a partir de líneas finas y colores planos, y de poblarla con historias que resuenan con la melancolía de los clásicos. Es una pieza imprescindible para comprender el auge de la revista *Cairo* y la sofisticación de una generación de autores que decidieron que el cómic podía ser, simultáneamente, un objeto de diseño y una narración literaria de primer orden.