Capitán Maravillas

Adentrarse en las páginas de «Capitán Maravillas» es realizar un viaje fascinante a la edad de oro del tebeo español, una época donde la imaginación servía de bálsamo y evasión en una España que buscaba desesperadamente nuevos horizontes. Publicado originalmente a mediados de la década de los 50 por la mítica Editorial Maga, este título no es solo una historieta de aventuras; es un testimonio del talento nacional intentando dialogar con la creciente influencia del género de superhéroes que llegaba, a veces de forma velada, desde el otro lado del Atlántico.

La obra, que cuenta con los guiones de Federico Amorós y el dibujo de un joven pero ya brillante José Ortiz, nos presenta una premisa que combina el misterio científico con la justicia heroica. La historia sigue los pasos de un hombre excepcional que, imbuido de capacidades que desafían la lógica humana, decide consagrar su vida a la lucha contra el mal en todas sus formas. Aunque el nombre pueda evocar de inmediato al Capitán Marvel estadounidense (hoy conocido como Shazam), el Capitán Maravillas español posee una identidad propia, arraigada en la narrativa de aventuras clásica que tanto éxito dio a la industria del tebeo en Valencia.

El protagonista no es solo un despliegue de fuerza bruta. Su origen está ligado a la ciencia y al descubrimiento, situándolo como un faro de progreso en un mundo acechado por organizaciones criminales internacionales, científicos renegados y amenazas que rozan lo fantástico. La narrativa nos transporta por escenarios exóticos y metrópolis vibrantes, manteniendo siempre un ritmo cinematográfico que era marca de la casa en las publicaciones de Maga. El Capitán se convierte en un símbolo de esperanza, un vigilante que opera desde las sombras de la legalidad para asegurar que la paz prevalezca.

Uno de los pilares fundamentales de este cómic es, sin duda, el apartado visual. José Ortiz, quien años más tarde se convertiría en una leyenda internacional del noveno arte colaborando con editoriales como Warren Publishing en EE. UU., despliega aquí una maestría técnica envidiable. Sus viñetas están dotadas de un dinamismo asombroso; el uso de las sombras, la anatomía heroica pero realista de los personajes y la composición de las escenas de acción elevan el guion de Amorós a nuevas cotas. Ortiz logra que el lector sienta el peso de cada golpe y la tensión de cada persecución, utilizando un estilo de línea limpia pero expresiva que define la estética del héroe de mediados de siglo.

La estructura de sus aventuras suele seguir un esquema episódico, pero con una continuidad que permitía a los lectores de la época fidelizarse semana tras semana. Sin caer en destripes argumentales, podemos decir que el conflicto central no solo reside en la derrota del villano de turno, sino en la gestión de la responsabilidad que conllevan sus asombrosos poderes. El Capitán Maravillas debe navegar un mundo donde la tecnología empieza a mostrar sus dos caras: la de la salvación y la de la destrucción total, un reflejo muy fiel de las ansiedades de la era atómica en la que fue concebido.

Para el lector contemporáneo, redescubrir «Capitán Maravillas» es un ejercicio de arqueología cultural sumamente gratificante. Es entender cómo España adaptó los tropos del superhombre a su propia idiosincrasia narrativa, priorizando la aventura pura y el sentido de la maravilla (haciendo honor a su nombre) por encima de la introspección psicológica compleja que llegaría décadas después. Es un cómic de acción trepidante, de villanos con

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