Buddy Longway, creada por el autor suizo Derib (Claude de Ribaupierre) en 1972 para la revista *Tintin*, representa uno de los hitos más significativos y atípicos dentro del género del western en el cómic europeo. A diferencia de las narrativas tradicionales de la época, centradas en la acción balística, los duelos al sol o la conquista violenta del territorio, esta obra se desmarca como un "western humanista" y una saga familiar de un realismo emocional profundo.
La premisa inicial nos presenta a Buddy Longway, un hombre de ascendencia irlandesa que decide alejarse de la civilización para vivir como trampero en las Montañas Rocosas durante la segunda mitad del siglo XIX. Sin embargo, lo que comienza como la crónica de un hombre solitario en la naturaleza salvaje, pronto se transforma en algo mucho más ambicioso: el relato de una vida completa. El motor narrativo de la serie no es la búsqueda de tesoros o la persecución de forajidos, sino la fundación y preservación de un hogar.
El eje central de la obra es la relación de Buddy con Chinook, una mujer de la nación Sioux. Su unión no solo sirve para explorar el choque y la integración cultural, sino que establece el núcleo de una familia que crecerá a lo largo de los veinte álbumes que componen la serie. A través de sus hijos, Jeremy y Kathleen, el lector es testigo de una característica casi inédita en el cómic de su tiempo: el paso del tiempo real. Buddy Longway no es un héroe estático; los personajes envejecen, sus rostros se llenan de arrugas, sus cuerpos se cansan y sus perspectivas vitales evolucionan. Esta progresión cronológica otorga a la obra una veracidad y una carga melancólica que la sitúa más cerca de la literatura de naturaleza que del cómic de aventuras convencional.
Desde el punto de vista temático, Derib utiliza a Buddy como un puente entre dos mundos. El protagonista no es un colonizador, sino un observador que respeta profundamente el entorno y a sus habitantes originales. La serie aborda con rigor y sensibilidad la cultura de las tribus nativas americanas, alejándose de los estereotipos del "salvaje" para mostrar su espiritualidad, sus leyes sociales y la tragedia que supuso el avance imparable de la frontera blanca. La ecología y el respeto por el equilibrio natural son constantes que permean cada página, convirtiendo a la naturaleza en un personaje más, a veces generoso y otras veces implacable.
Artísticamente, *Buddy Longway* es el testimonio de la evolución de Derib como maestro del dibujo. En los primeros volúmenes, se percibe una herencia del estilo de la escuela de Marcinelle, pero rápidamente evoluciona hacia un realismo detallado y atmosférico. Su dominio de los paisajes es superlativo; las planicies nevadas, los bosques otoñales y las cumbres escarpadas están dibujados con una precisión que transmite el frío, el silencio y la inmensidad del Oeste. El uso del color es fundamental para marcar el tono emocional de cada etapa de la vida de la familia Longway, pasando de la luminosidad de la juventud a los tonos más crepusculares de la madurez.
La estructura de la serie huye de los finales cerrados y triunfalistas. Cada álbum es un fragmento de existencia donde se lidia con la supervivencia, la educación de los hijos, la pérdida de amigos y la inevitable presión de una modernidad que amenaza el estilo de vida del trampero. Buddy no es un pistolero infalible; es un hombre que comete errores, que siente miedo y cuya mayor virtud es su integridad moral y su capacidad de aprendizaje.
En resumen, *Buddy Longway* es una obra fundamental para entender la maduración del cómic franco-belga. Es una epopeya íntima que sustituye la épica de la pólvora por la épica de lo cotidiano. Al leer esta saga, no solo asistimos a una historia sobre el Oeste americano, sino a una reflexión universal sobre la familia, el respeto a la diferencia y la relación del ser humano con la tierra que habita. Es, en última instancia, el retrato de una vida vivida con honestidad en un mundo que cambia demasiado rápido.