Brick Bradford: El Viajero de lo Infinito
En el panteón de los héroes de la "Edad de Oro" de las tiras de prensa, pocos nombres evocan una sensación de asombro y exploración tan pura como *Brick Bradford*. Creado en 1933 por el guionista William Ritt y el dibujante Clarence Gray, este personaje no solo se convirtió en un pilar fundamental de la ciencia ficción en el noveno arte, sino que también sirvió como puente entre la aventura clásica de capa y espada y la especulación científica más desbordante.
Brick Bradford es, en esencia, el aventurero definitivo. A diferencia de otros contemporáneos que se veían empujados a la acción por circunstancias accidentales, Brick es un hombre cuya curiosidad y valentía lo llevan a buscar activamente los límites de lo conocido. Físicamente imponente, con su característico cabello rubio y una mandíbula cuadrada que denota determinación, Bradford personifica el ideal del héroe de los años 30: inteligente, atlético y moralmente inquebrantable. Sin embargo, lo que realmente distingue a su serie no es solo su protagonista, sino la asombrosa amplitud de sus escenarios.
La narrativa de *Brick Bradford* se divide magistralmente en tres dominios que mantienen al lector en un estado de constante descubrimiento. En sus inicios, las historias se centraban en aventuras terrestres, explorando junglas impenetrables, ciudades perdidas y civilizaciones ocultas en los rincones más remotos del globo. Aquí, el cómic bebía directamente de la tradición de la literatura *pulp* de autores como H. Rider Haggard o Edgar Rice Burroughs. Pero Brick no tardaría en mirar hacia arriba y hacia adentro.
El segundo dominio es el espacio exterior. Brick Bradford fue uno de los pioneros en llevar a los lectores a través del sistema solar, enfrentándose a amenazas intergalácticas y descubriendo maravillas astronómicas mucho antes de que la carrera espacial fuera siquiera un sueño en la mente de los ingenieros. Pero quizás el elemento más icónico y revolucionario de la serie es el tercer dominio: el viaje a través del tiempo y las dimensiones microscópicas.
Para lograr estas hazañas, la serie introdujo una de las piezas de tecnología más famosas de la historia del cómic: el "Timeograph" (o Cronoscopio). Esta nave en forma de esfera de cristal no solo permitía a Brick y a sus compañeros viajar a través de los siglos —visitando desde el pasado prehistórico hasta futuros distópicos—, sino que también tenía la capacidad de encogerse hasta niveles subatómicos. Décadas antes de que personajes como Ant-Man o series como *Doctor Who* popularizaran estos conceptos, Brick Bradford ya estaba explorando mundos dentro de átomos y navegando por las corrientes del tiempo.
Visualmente, la obra es un festín para los amantes del dibujo clásico. Clarence Gray dotó a la serie de un estilo detallado y evocador, evolucionando desde un trazo sencillo hacia composiciones complejas y surrealistas que capturaban la inmensidad del cosmos y la extrañeza de las dimensiones paralelas. Su capacidad para diseñar maquinaria futurista, criaturas alienígenas y paisajes oníricos otorgó a la tira una identidad visual única que la diferenciaba del estilo más estilizado de *Flash Gordon* o el enfoque más militarista de *Buck Rogers*.
Leer *Brick Bradford* hoy es realizar un viaje arqueológico a las raíces de nuestra imaginación moderna. Es una obra que captura el optimismo de una era que creía que la ciencia y el valor humano podían desentrañar cualquier misterio del universo. Sin caer en el pesimismo, la serie plantea preguntas sobre la naturaleza del tiempo y el lugar del hombre en el cosmos, todo ello envuelto en un ritmo trepidante de persecuciones, rescates y descubrimientos asombrosos.
En resumen, *Brick Bradford* es más que una simple tira de aventuras; es una epopeya de la curiosidad humana. Es la crónica de un hombre que, armado con su ingenio y su Cronoscopio, se niega a aceptar que existan fronteras infranqueables. Para cualquier estudioso del cómic o amante de la ciencia ficción clásica, sumergirse en las páginas de Brick Bradford es redescubrir el sentido de la maravilla en su estado más puro. Una obra imprescindible que demuestra que, en el mundo de la viñeta, el espacio y el tiempo son solo el principio del camino.