Boy Vampiro, la obra emblemática del autor mexicano Carlos Alarcón, mejor conocido en el gremio como Bachan, representa uno de los pilares fundamentales del cómic independiente y de autor en América Latina. Surgida originalmente en las páginas de la mítica revista *Gallito Comics* durante la década de los 90, esta obra se aleja de los convencionalismos del género de terror para adentrarse en una narrativa urbana, cínica y profundamente existencialista.
La premisa nos presenta a Boy, un vampiro que dista mucho de los arquetipos aristocráticos de Bram Stoker o de las versiones edulcoradas de la cultura pop contemporánea. Boy es, en esencia, un joven eterno con estética *punk* y *underground* que habita en una metrópolis caótica, sucia y vibrante que guarda un parecido innegable con la Ciudad de México. Su condición de no-muerto no es tratada como una maldición trágica ni como un don de poder absoluto, sino como una circunstancia vital que acarrea, sobre todo, un aburrimiento infinito y la necesidad constante de lidiar con la cotidianidad de un mundo que no está diseñado para los de su especie.
El cómic se estructura a través de una serie de relatos que exploran la supervivencia de Boy en los márgenes de la sociedad. A diferencia de otros relatos de vampiros, aquí la sangre no es el centro de un festín macabro, sino una necesidad biológica que el protagonista gestiona con una mezcla de pragmatismo y desidia. La narrativa se centra en sus interacciones con otros personajes marginales, seres sobrenaturales que intentan mantener un perfil bajo y humanos que, a menudo, resultan más monstruosos o patéticos que el propio vampiro.
Visualmente, *Boy Vampiro* es un despliegue de maestría técnica. El estilo de Bachan se caracteriza por un uso magistral del blanco y negro, con un entintado denso y expresivo que otorga a la obra una atmósfera de cine negro mezclada con la estética del cómic independiente estadounidense de finales del siglo XX. El diseño de personajes es icónico: Boy, con su cresta mohicana, sus botas industriales y su mirada de perpetuo cansancio, se convierte en un símbolo de la alienación juvenil. Los escenarios están cargados de detalles que refuerzan la sensación de una urbe decadente, donde las sombras no solo sirven para ocultar al protagonista, sino para definir el peso emocional de las historias.
Uno de los puntos más fuertes de la obra es su tono. Bachan utiliza un humor negro muy afilado y diálogos cargados de ironía para subvertir los tropos del género. No hay grandes batallas épicas contra cazadores de vampiros ni conspiraciones milenarias que amenacen el orden mundial; los conflictos de Boy son más íntimos y, por lo tanto, más universales: la soledad, la búsqueda de un propósito en una existencia que no tiene fin, y la dificultad de conectar con los demás cuando se habita en una temporalidad distinta.
El cómic también funciona como una crónica de una época y un lugar. A través de las andanzas de Boy, el lector percibe el pulso de la cultura urbana, las tribus sociales y la efervescencia de una escena artística que buscaba su propia voz fuera de los circuitos comerciales masivos. La obra no intenta moralizar ni ofrecer respuestas fáciles; se limita a observar, con una lente a veces cruel y otras veces melancólica, la deriva de un personaje que es, al mismo tiempo, un depredador y un paria.
En resumen, *Boy Vampiro* es una pieza indispensable para entender la evolución del cómic en español. Es una obra que demuestra que el género fantástico puede ser el vehículo perfecto para la crítica social y la introspección personal. Sin necesidad de recurrir a artificios narrativos complejos o giros de guion efectistas, Bachan construye un universo sólido y coherente donde lo sobrenatural se vuelve cotidiano y lo cotidiano se revela como algo extraño y fascinante. Es, en definitiva, el retrato de una inmortalidad que se vive un día a la vez, entre el humo de los cigarrillos, el asfalto mojado y el silencio de la noche urbana.