Black Hacker, la obra creada por el guionista Manuel M. Vidal y el dibujante Víctor Araque, se erige como una de las propuestas más sólidas y magnéticas del género *cyberpunk* y el *techno-thriller* dentro del panorama del cómic español contemporáneo. Publicada por Grafito Editorial, esta obra no solo rinde homenaje a los tropos clásicos de la ciencia ficción distópica, sino que los actualiza para ofrecer una narrativa cruda, directa y visualmente impactante que cuestiona nuestra dependencia absoluta de la tecnología.
La historia nos sitúa en un futuro cercano, un mañana que se siente peligrosamente tangible. En este escenario, la sociedad ha alcanzado un punto de no retorno en su integración con la red. La dualidad entre el mundo físico y el digital se ha difuminado hasta el punto de que la identidad de un individuo no reside en su cuerpo, sino en su rastro de datos. En este contexto de hiperconectividad y vigilancia extrema, las corporaciones han sustituido a los gobiernos, ejerciendo un control absoluto sobre la información y, por ende, sobre la libertad de los ciudadanos.
El protagonista de la obra es un "hacker de sombrero negro", un individuo que opera en los márgenes de la legalidad, moviéndose con destreza por las sombras de una red que todo lo ve. No estamos ante el arquetipo del héroe mesiánico que busca salvar el mundo por altruismo; el protagonista es un superviviente, un profesional del espionaje industrial y el sabotaje digital que entiende mejor que nadie las reglas de un juego donde la ética es un lujo que nadie puede permitirse. Su vida transcurre entre líneas de código, vulnerabilidades de sistema y la constante paranoia de ser rastreado por las unidades de élite de seguridad corporativa.
El conflicto central se dispara cuando un encargo aparentemente rutinario —la extracción de un paquete de datos de alta seguridad— sale mal. Lo que debería haber sido una incursión limpia se convierte en una persecución frenética. El protagonista descubre, casi por accidente, una información que no debería existir, un secreto que amenaza con romper el statu quo de las grandes potencias tecnológicas que gobiernan la metrópolis. A partir de este momento, la trama se transforma en un ejercicio de supervivencia donde el hacker debe utilizar todo su ingenio y sus limitados recursos físicos para mantenerse un paso por delante de sus perseguidores.
Uno de los puntos más fuertes de Black Hacker es su capacidad para equilibrar la acción trepidante con una reflexión profunda sobre la privacidad y la deshumanización. La obra explora cómo la tecnología, diseñada originalmente para conectar y liberar, se ha convertido en la herramienta definitiva de opresión. El guion de Manuel M. Vidal evita los tecnicismos innecesarios que a menudo lastran el género, centrándose en la tensión narrativa y en la construcción de un mundo donde el asfalto está tan sucio como los servidores que lo gestionan.
En el apartado visual, Víctor Araque realiza un trabajo excepcional. Su estilo, detallado y atmosférico, logra capturar la esencia del *cyberpunk* sin caer en los clichés visuales agotados. La ciudad se presenta como un personaje más: una mole de hormigón, neones desgastados y cables expuestos que asfixia a sus habitantes. El uso del color es narrativo, diferenciando con maestría la frialdad aséptica de los entornos virtuales y la calidez sucia y peligrosa de los suburbios. La composición de las páginas es dinámica, especialmente en las secuencias de "combate digital", donde Araque logra traducir conceptos abstractos de informática en imágenes cinéticas y comprensibles.
Black Hacker es, en definitiva, un cómic que no da tregua al lector. Es una obra que entiende que el verdadero terror del futuro no reside en las máquinas inteligentes, sino en el uso que los seres humanos hacen de ellas para perpetuar el poder. Sin necesidad de recurrir a giros tramposos, la historia avanza con la precisión de un algoritmo, conduciendo al lector a través de una red de conspiraciones, traiciones y alta tecnología donde la única certeza es que, en el mundo digital, nadie es realmente invisible. Es una lectura imprescindible para los amantes del género y para cualquiera que quiera asomarse a un espejo oscuro de nuestra propia realidad hiperconectada.