Bill Cody

En el vasto panteón de las leyendas que forjaron la identidad de los Estados Unidos, pocos nombres resuenan con la fuerza iconográfica y la ambigüedad moral de William Frederick Cody. Sin embargo, en la obra titulada simplemente 'Bill Cody', el aclamado autor francés Pierre-Henry Gomont no se limita a ofrecer una biografía lineal o un hagiografía del héroe de la frontera. Como experto en el noveno arte, puedo afirmar que nos encontramos ante una de las deconstrucciones más lúcidas y visualmente fascinantes de la mitología del Lejano Oeste que se han publicado en los últimos años.

La historia nos sitúa en el crepúsculo de una era. No estamos ante el joven explorador que cabalga por las llanuras vírgenes, sino ante el hombre que ha comprendido que la realidad es mucho menos rentable que el espectáculo. El cómic se centra en la figura de un Buffalo Bill maduro, un "showman" consumado que recorre el mundo con su célebre *Wild West Show*. Gomont utiliza este escenario para explorar la delgada y a menudo borrosa línea que separa al hombre de carne y hueso del personaje de ficción que él mismo ayudó a crear.

La premisa narrativa es tan magnética como melancólica. Bill Cody es un hombre atrapado en su propio disfraz. A través de las páginas, asistimos a la representación de una conquista del Oeste que ya no existe, o que quizás nunca existió de la forma en que se narra sobre las tablas del escenario. El cómic nos invita a entrar en las bambalinas de este circo itinerante, donde los bisontes son de cartón piedra y los tiroteos están coreografiados, pero donde las heridas emocionales y la fatiga del protagonista son dolorosamente reales.

Uno de los puntos más fuertes de esta obra es su capacidad para abordar la construcción del "Sueño Americano" como un producto de consumo masivo. Cody no es solo un jinete; es el primer gran publicista de la historia moderna. Gomont retrata con maestría cómo el protagonista vende una nostalgia manufacturada a un público ávido de aventuras, mientras él mismo lidia con el peso de la fama, las deudas económicas y la pérdida de su propia identidad bajo el sombrero de ala ancha y la perilla perfectamente recortada.

Visualmente, 'Bill Cody' es una auténtica delicia que justifica por sí sola su lectura. El estilo de Gomont es vibrante, nervioso y profundamente expresivo. Huye del realismo rígido para abrazar un trazo dinámico que parece capturar el movimiento constante de la vida de gira. El uso del color es magistral: las paletas cambian para reflejar el estado de ánimo de las escenas, pasando de los tonos ocres y polvorientos que evocan la mítica frontera, a colores eléctricos y saturados que representan la artificialidad del espectáculo y las luces de las ciudades europeas que visitan.

La narrativa no se detiene únicamente en la figura de Bill. El cómic nos presenta un elenco de personajes secundarios que actúan como espejos de las contradicciones del protagonista. Desde los nativos americanos que participan en el show —relegados a interpretar el papel de "vencidos" noche tras noche— hasta los socios comerciales que ven en Cody una mina de oro, cada interacción añade una capa de profundidad a este estudio psicológico.

Sin desvelar giros argumentales, es importante destacar que la obra funciona como una reflexión sobre el paso del tiempo y la obsolescencia. ¿Qué ocurre cuando el mundo cambia pero el héroe se queda anclado en una representación perpetua de su juventud? Gomont responde a esto con una sensibilidad exquisita, dotando a Bill Cody de una humanidad vulnerable que lo aleja de los pósteres de reclutamiento y lo acerca al lector.

En conclusión, 'Bill Cody' es mucho más que un cómic del Oeste. Es una exploración introspectiva sobre la fama, la creación de mitos y el precio de convertir la propia vida en una mercancía. Para cualquier amante del cómic que busque una historia con calado intelectual, un apartado artístico sobresaliente y una visión crítica de la historia, esta obra de Pierre-Henry Gomont es una pieza imprescindible. Es, en definitiva, el retrato de un hombre que conquistó el mundo contando mentiras, solo para darse cuenta de que la verdad más difícil de enfrentar era la suya propia.

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