Benito Boniato

Dentro del vasto y coloridísimo ecosistema de la Escuela Bruguera, donde los antihéroes y los buscavidas campaban a sus anchas, surge una figura que, aunque comparte el ADN del humor slapstick y la desgracia cotidiana, aporta un matiz refrescante y generacional: Benito Boniato. Creado por el talentoso dibujante Iñaki (Ignacio García Ferrán) en 1972 para la revista *Zipi y Zape*, este personaje se convirtió rápidamente en el espejo de una juventud española que empezaba a asomarse a la modernidad sin soltar el lastre de las tradiciones académicas y familiares de la época.

Benito Boniato, estudiante de bachillerato, no es el típico niño travieso de los tebeos de la posguerra, ni tampoco un adulto fracasado que busca el éxito fácil. Benito es un adolescente. Y en esa definición reside toda la magia y el conflicto de sus historias. Con su característico jersey de cuello alto, su flequillo rebelde y una expresión que oscila entre la ingenuidad y la determinación, Benito representa al estudiante medio que debe lidiar con las presiones de un sistema educativo exigente, unos padres con expectativas altas y la eterna búsqueda de su lugar en el mundo.

La sinopsis de sus aventuras nos sitúa en un entorno urbano reconocible, donde el "Instituto" es el escenario principal de sus desvelos. Benito no es un mal estudiante por falta de inteligencia, sino más bien por una mezcla de mala suerte crónica y una asombrosa capacidad para distraerse con las situaciones más absurdas. Sus tramas suelen arrancar con un objetivo sencillo: aprobar un examen de matemáticas, conseguir dinero para un capricho juvenil, impresionar a una chica o ayudar en casa. Sin embargo, el genio de Iñaki transforma estas premisas cotidianas en una espiral de enredos donde el ritmo narrativo nunca decae.

Uno de los pilares fundamentales del cómic es la relación de Benito con su entorno familiar. Su padre, un hombre de carácter fuerte y valores tradicionales, actúa como el contrapunto cómico y, a menudo, como el catalizador de la presión que sufre el protagonista. Las interacciones entre ambos son un reflejo caricaturizado pero tierno de la brecha generacional de los años 70 y 80 en España. A diferencia de otros personajes de Bruguera que vivían en una miseria perpetua, la familia de Benito respira un aire de clase media que permite que el humor se centre más en las aspiraciones sociales y en los choques de personalidad que en el hambre física.

Visualmente, Benito Boniato es una delicia técnica. Iñaki poseía un trazo limpio, dinámico y extremadamente expresivo que se alejaba ligeramente del barroquismo de otros autores de la casa. Sus personajes tienen una "redondez" y una elasticidad que dotan a las escenas de acción de una fluidez cinematográfica. Cada caída, cada carrera hacia el autobús o cada gesto de desesperación de Benito está dibujado con una precisión que refuerza el gag visual sin necesidad de palabras.

A medida que la serie evolucionó, Benito dejó de estar confinado exclusivamente a las aulas. El personaje creció con sus lectores, enfrentándose a trabajos temporales, vacaciones accidentadas y situaciones que rozaban el surrealismo, pero manteniendo siempre esa esencia de "buen chico" al que la vida, simplemente, le complica los planes. No es un rebelde sin causa; es un optimista que sobrevive a los desastres que él mismo, o el destino, provocan.

En conclusión, leer *Benito Boniato* hoy en día es realizar un viaje nostálgico a una época de pupitres de madera y tizas, pero también es descubrir un humor universal sobre la transición a la madurez. Es un cómic que evita la crueldad gratuita para centrarse en la empatía hacia ese adolescente que todos fuimos: aquel que intentaba hacer las cosas bien y terminaba, inevitablemente, protagonizando una catástrofe de proporciones épicas. Una obra imprescindible para entender la evolución del tebeo español y para disfrutar del talento de un autor

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