Bastion Comix no es simplemente un título en el estante de novedades; es una de las propuestas más vigorosas y auténticas de la narrativa gráfica argentina contemporánea. Concebida como una revista antológica de publicación periódica, esta obra se erige como un refugio para la historieta de autor, recuperando el espíritu de las grandes revistas de antología de décadas pasadas, pero con una sensibilidad completamente moderna, urbana y, a menudo, introspectiva.
La esencia de Bastion Comix radica en su heterogeneidad. Al abrir sus páginas, el lector no se encuentra con un relato lineal único, sino con un ecosistema de historias que coexisten bajo una misma identidad editorial. La publicación funciona como un escaparate de géneros que van desde la ciencia ficción distópica y el realismo sucio hasta el policial negro y el costumbrismo fantástico. Sin embargo, a pesar de esta diversidad, existe un hilo conductor invisible: una mirada crítica y desencantada sobre la realidad, tamizada por el humor ácido y una profunda humanidad.
Uno de los pilares narrativos que suele aparecer en sus entregas es la exploración de la cotidianeidad alterada. Muchas de las historias presentan personajes comunes —trabajadores, vecinos de barrios periféricos o jóvenes errantes— que se ven envueltos en situaciones extraordinarias o absurdas. No se busca el heroísmo épico del cómic estadounidense, sino la supervivencia emocional y física en entornos que resultan extrañamente familiares para el lector rioplatense. La ciudad, con sus calles grises y su arquitectura decadente, se convierte en un personaje más, actuando como un escenario donde lo imposible irrumpe de manera naturalista.
En el apartado de guion, la obra destaca por diálogos afilados y una economía de palabras que permite que la acción y el subtexto lleven el peso de la trama. Los autores que colaboran en Bastion Comix demuestran una maestría notable en el formato de la historia corta o el capítulo serializado, logrando establecer mundos complejos en apenas unas pocas viñetas. Se percibe una clara influencia de la tradición de la historieta argentina (con ecos de Oesterheld o Breccia), pero despojada de nostalgia y reconfigurada para hablarle a una generación que consume cultura visual de forma fragmentada y vertiginosa.
Visualmente, la antología es un festín de estilos. Al ser un espacio de libertad creativa, conviven estéticas muy dispares: desde el trazo limpio y geométrico que remite al diseño gráfico, hasta estilos mucho más sucios, expresionistas y cargados de sombras que refuerzan la atmósfera de los relatos de género negro. El uso del blanco y negro en muchas de sus historias no es solo una elección económica, sino una declaración estética que resalta el contraste dramático y la textura de los dibujos, otorgándole a la revista una cohesión visual robusta a pesar de la variedad de manos que intervienen en ella.
Otro aspecto fundamental de Bastion Comix es su capacidad para construir universos propios que se sienten expandibles. Historias como las que exploran distopías laborales o misterios urbanos dejan siempre una sensación de que hay mucho más ocurriendo fuera de los márgenes de la página. Esto genera una complicidad con el lector, quien debe completar los huecos de la información y sumergirse en la atmósfera propuesta.
En resumen, Bastion Comix es una pieza indispensable para entender el estado actual del noveno arte en la región. Es una obra que rechaza las fórmulas fáciles y apuesta por la inteligencia del lector, ofreciendo relatos que, bajo una apariencia de entretenimiento, esconden reflexiones agudas sobre la soledad, el poder, la alienación urbana y la resiliencia. Es, en definitiva, un bastión de resistencia creativa que demuestra que la historieta en formato antológico sigue siendo el laboratorio más fértil para la experimentación y la narrativa de calidad. Leerla es asomarse a una ventana donde la realidad se deforma para revelarnos sus verdades más incómodas y fascinantes.