Aya de Yopougon, escrita por Marguerite Abouet e ilustrada por Clément Oubrerie, representa un hito en la narrativa gráfica contemporánea al ofrecer una perspectiva refrescante, vibrante y profundamente humana de la vida en el África subsahariana. Publicada originalmente en seis volúmenes por la editorial Gallimard a partir de 2005, la obra se aleja deliberadamente de los tropos habituales de la guerra, el hambre o la miseria que suelen dominar las representaciones occidentales del continente, para centrarse en una comedia de costumbres situada en la Costa de Marfil de finales de los años 70.
La historia se desarrolla en Yopougon, un barrio popular de Abiyán rebautizado cariñosamente por sus habitantes como "Yop City". Estamos en 1978, una época de relativa prosperidad y estabilidad en el país, conocida como el "milagro marfileño". En este contexto conocemos a Aya, una joven de diecinueve años que destaca por su seriedad y determinación. A diferencia de sus mejores amigas, Adjoua y Bintou, cuyos intereses principales orbitan alrededor de las fiestas en los "maquis" (restaurantes y bares al aire libre), la moda y la búsqueda de pretendientes adinerados, Aya tiene un objetivo claro: estudiar medicina y convertirse en doctora.
Aya actúa como el eje moral y racional de un microcosmos efervescente. Mientras ella intenta navegar las expectativas sociales y familiares para forjar su propio destino profesional, sus amigas se ven envueltas en los enredos propios de la juventud: embarazos no deseados, infidelidades, secretos familiares y la constante presión de encontrar un "buen partido". La trama se construye a través de una estructura coral donde los personajes secundarios —padres, vecinos, empresarios locales y jóvenes buscavidas— aportan una riqueza sociológica que convierte al barrio de Yopougon en un personaje por derecho propio.
El guion de Marguerite Abouet, basado en gran medida en sus propios recuerdos de infancia en Abiyán, destaca por su oído para el diálogo. La obra utiliza un lenguaje coloquial marfileño, lleno de giros idiomáticos y expresiones locales que dotan a la narración de una autenticidad innegable. Abouet logra equilibrar el humor ligero con una crítica social sutil pero efectiva, abordando temas como el patriarcado, la estratificación social, la influencia de la cultura occidental y la brecha generacional entre unos padres que buscan mantener las tradiciones y unos hijos que anhelan la modernidad.
En el apartado visual, Clément Oubrerie despliega un estilo dinámico y expresivo que captura perfectamente la atmósfera cálida y ruidosa de Costa de Marfil. Su dibujo, de trazo suelto y aparentemente espontáneo, se apoya en una paleta de colores saturados que evocan la luz del trópico y la vitalidad de los mercados y las calles de Abiyán. La capacidad de Oubrerie para dotar de gestualidad a los personajes es fundamental para el tono de comedia de la obra; las miradas, los gestos de complicidad y las reacciones exageradas de los protagonistas son los que realmente impulsan el ritmo de la lectura.
Desde el punto de vista técnico, el cómic destaca por su capacidad para sumergir al lector en una cultura específica sin resultar didáctico. Al final de los tomos, los autores suelen incluir un "glosario marfileño" que explica términos gastronómicos, de vestimenta o modismos, reforzando el carácter de crónica social de la obra. Aya de Yopougon no es solo una historia sobre el paso a la edad adulta; es un documento gráfico que reivindica la cotidianidad, la alegría y los problemas universales de una clase media africana que rara vez tiene voz en el noveno arte.
En conclusión, esta obra es una lectura esencial para entender la evolución del cómic francobelga hacia temáticas más globales y personales. Ganadora del premio al Mejor Primer Álbum en el Festival de Angulema en 2006, la serie ha trascendido el papel, llegando a ser adaptada al cine de animación. Su valor reside en la honestidad de su propuesta: contar una historia sencilla sobre gente común en un lugar extraordinario, demostrando que, más allá de las fronteras geográficas, las aspiraciones, los miedos y los enredos familiares son un lenguaje universal.