En el vasto y fascinante panteón del cómic español de mediados del siglo XX, existe una obra que brilla con luz propia gracias a su audacia temática y su vibrante estética futurista: Atomo Kid. Publicada originalmente en 1957 por la mítica Editorial Bruguera, esta serie representa uno de los intentos más ambiciosos y logrados de introducir la ciencia ficción pura en un mercado que, por aquel entonces, estaba dominado por las aventuras históricas, el género policíaco o el humor costumbrista.
Escrita por el prolífico guionista Mariano Hispano y dibujada por el talentoso Francisco Díaz (quien firmaba como Bayo), *Atomo Kid* nos sumerge en una era de asombro tecnológico y peligros desconocidos. La sinopsis nos sitúa en un contexto donde la humanidad comienza a vislumbrar el potencial infinito —y los riesgos aterradores— de la energía atómica. La historia gira en torno a dos figuras centrales que personifican el ideal del progreso científico de la época: el veterano y sabio Profesor Benson y su joven, intrépido y atlético pupilo, el joven conocido como Atomo Kid.
El punto de partida de sus aventuras es el laboratorio secreto del Profesor Benson, un refugio de alta tecnología oculto a los ojos del mundo. Allí, Benson ha logrado dominar los secretos del átomo, no para la destrucción, sino para la defensa de la justicia y la exploración de lo desconocido. El fruto más espectacular de sus investigaciones es el equipo que utiliza Atomo Kid: un traje especial alimentado por energía nuclear que le otorga capacidades físicas asombrosas, permitiéndole enfrentarse a amenazas que superan cualquier capacidad humana convencional.
A diferencia de los superhéroes estadounidenses contemporáneos, cuya fuerza solía provenir de mutaciones o accidentes biológicos, Atomo Kid es un héroe de la era tecnológica. Su poder reside en la inteligencia del hombre y en el uso ético de la ciencia. Junto al Profesor Benson, este joven héroe se convierte en la primera línea de defensa de la Tierra contra una plétora de enemigos que parecen sacados de las mejores pesadillas de la literatura *pulp*. Desde científicos renegados que buscan utilizar la energía atómica para la dominación mundial, hasta civilizaciones ocultas y amenazas que provienen de las profundidades del espacio exterior.
El tono de la obra es una mezcla perfecta de optimismo científico y suspense trepidante. Cada entrega de *Atomo Kid* transporta al lector a escenarios exóticos: bases submarinas, mundos alienígenas con arquitecturas imposibles y laboratorios donde se gestan inventos que desafían las leyes de la física. La narrativa de Mariano Hispano es ágil, cargada de diálogos que enfatizan la importancia de la lógica y el valor, mientras que el dibujo de Bayo aporta una elegancia visual poco común. El diseño de los personajes, las naves espaciales y la maquinaria tecnológica posee ese encanto "retro-futurista" que hoy en día es tan valorado por los coleccionistas y estudiosos del medio.
Lo que hace que *Atomo Kid* destaque en la historia del tebeo español es su capacidad para capturar el *zeitgeist* de la Guerra Fría desde una perspectiva de aventura pura. En un momento en que el átomo era sinónimo de miedo, la serie proponía una visión donde el conocimiento podía ser una herramienta de salvación. Atomo Kid no es solo un luchador; es un símbolo de la juventud que mira hacia el futuro sin miedo, respaldada por la experiencia y la ética de la generación anterior representada por Benson.
En resumen, *Atomo Kid* es una pieza fundamental para entender la evolución de la ciencia ficción en España. Es una obra que combina el sentido de la maravilla de *Flash Gordon* con la estructura de los cuadernos de aventuras clásicos. Para cualquier amante del cómic que desee explorar las raíces del género fantástico en español, esta obra ofrece un viaje inolvidable a una época donde el mañana parecía estar a la vuelta de la esquina y donde un joven con un traje atómico era todo lo que necesitábamos para mantener a salvo nuestro mundo. Una lectura imprescindible que demuestra que la imaginación española no tenía fronteras, ni siquiera las del espacio-tiempo.