En el vasto y a menudo saturado panorama del cómic contemporáneo, pocas voces poseen la capacidad de diseccionar la condición humana con la mezcla exacta de cinismo, ternura y acidez que caracteriza a Bernardo Vergara. Con la llegada de "Atletas Ep2", el autor no solo da continuidad a una de sus propuestas más punzantes, sino que consolida un universo donde el deporte deja de ser una gesta heroica para convertirse en el escenario perfecto de nuestras miserias cotidianas. Como experto en el noveno arte, es fascinante observar cómo esta obra se aleja de la épica del músculo para centrarse en la lírica del fracaso y la obsesión.
La premisa de "Atletas Ep2" retoma el pulso allí donde la primera entrega nos dejó: en la línea de salida de una carrera que nadie parece saber muy bien por qué está corriendo. No estamos ante un cómic sobre superación personal ni ante una hagiografía de grandes campeones. Al contrario, Vergara utiliza el mundo del deporte —desde el *running* amateur hasta la alta competición, pasando por el submundo de los gimnasios y el marketing deportivo— como un espejo deformante de la sociedad actual. En este segundo episodio, la lupa se vuelve aún más potente, enfocándose en la profesionalización del ocio y la tiranía del rendimiento.
El guion de este volumen se estructura a través de una serie de viñetas y relatos cortos que, aunque pueden leerse de forma independiente, construyen un mosaico demoledor sobre la búsqueda de la validación externa. Los personajes de "Atletas Ep2" son figuras con las que cualquiera puede identificarse: el corredor que mide su felicidad en función de los algoritmos de su reloj inteligente, el entusiasta que gasta fortunas en equipamiento técnico para compensar una falta absoluta de talento, o el espectador que proyecta sus frustraciones en ídolos de barro. Vergara maneja el ritmo del *gag* con una precisión quirúrgica, pero lo que realmente eleva a esta obra es el trasfondo melancólico que subyace tras cada carcajada.
Visualmente, "Atletas Ep2" es un festín de expresividad. El estilo de Vergara, heredero de la mejor tradición de la historieta satírica española pero con una identidad propia y moderna, destaca por su capacidad para narrar a través del lenguaje corporal. Los cuerpos de sus atletas no son estatuas griegas; son cuerpos que sufren, que sudan, que se deforman bajo el esfuerzo y que, sobre todo, comunican una fatiga que es tanto física como existencial. El uso del color y la composición de la página están diseñados para guiar al lector a través de una narrativa ágil, donde el espacio en blanco juega un papel crucial para enfatizar la soledad del deportista frente a su propio ego.
Uno de los puntos más fuertes de este segundo episodio es cómo aborda la "comercialización del esfuerzo". Vergara disecciona con maestría cómo el capitalismo ha colonizado incluso nuestros momentos de esparcimiento, convirtiendo el sudor en una mercancía y el descanso en una culpa. Sin caer en el panfleto, el cómic invita a una reflexión profunda sobre por qué nos sometemos a castigos físicos voluntarios en busca de una gloria que, en la mayoría de los casos, es puramente digital.
Para los seguidores del autor, "Atletas Ep2" representa una evolución lógica y necesaria. Si en el primer volumen se sentaron las bases de esta crítica social, en esta entrega la sátira se vuelve más refinada y, por momentos, más oscura. No obstante, el humor sigue siendo el motor principal. Es un humor inteligente, que no busca la risa fácil, sino la complicidad de quien se reconoce en las situaciones absurdas que se plantean.
En conclusión, "Atletas Ep2" no es solo un cómic sobre deporte; es un tratado sobre la neurosis moderna disfrazado de libro de humor. Bernardo Vergara demuestra una vez más por qué es una figura imprescindible del cómic nacional, capaz de capturar la esencia de una época obsesionada con el éxito y la apariencia. Es una lectura obligatoria tanto para aquellos que aman el deporte como para quienes lo detestan, pues, al final del día, todos somos atletas en la absurda maratón de la vida. Una obra que confirma que, a veces, la mejor forma de entender el mundo es ver a alguien tropezar con sus propias zapatillas de marca.