Arandu: El Príncipe de la Selva representa uno de los pilares más sólidos y recordados de la historieta mexicana, particularmente dentro del catálogo de la desaparecida Editorial EJEA. Surgido en una época donde el formato de "bolsilibro" o "historieta de bolsillo" dominaba los puestos de periódicos, este título logró diferenciarse de otros héroes selváticos al dotar a su protagonista de una identidad profundamente arraigada en la mística y la geografía de Sudamérica, alejándose de los tropos africanos popularizados por personajes como Tarzán.
La narrativa se centra en Arandu, un hombre de físico imponente y habilidades atléticas sobrehumanas que funge como protector de la selva amazónica. A diferencia de otros héroes que son náufragos o extranjeros criados en la naturaleza, Arandu es el heredero legítimo de una civilización oculta y avanzada que ha logrado preservar sus tradiciones y conocimientos milenarios lejos del contacto con la modernidad. Su nombre, que en lengua guaraní significa "sabio" o "el que escucha el tiempo", define la esencia del personaje: no es solo un guerrero, sino un guardián del equilibrio natural y un mediador entre el mundo místico y el terrenal.
El núcleo argumental de la serie gira en torno al conflicto eterno entre la pureza de la naturaleza y la ambición desmedida del hombre "civilizado". Las tramas suelen iniciarse con la incursión de exploradores, cazadores furtivos, científicos sin escrúpulos o buscadores de tesoros en los dominios de Arandu. Estos antagonistas representan las diversas caras de la codicia humana, y es el Príncipe de la Selva quien debe intervenir para evitar la destrucción del ecosistema o la profanación de lugares sagrados. Sin embargo, el cómic no se limita a la acción física; explora con frecuencia elementos del realismo mágico, enfrentando al protagonista con maldiciones ancestrales, criaturas mitológicas de la cuenca del Amazonas y fenómenos inexplicables que desafían la lógica occidental.
En sus aventuras, Arandu no está solo. Lo acompaña Tupá, un joven fiel que aporta un contrapunto de humanidad y, en ocasiones, un alivio cómico necesario, aunque siempre manteniendo una lealtad inquebrantable hacia su príncipe. La dinámica entre ambos permite al lector entender la jerarquía y los valores de su cultura. Por otro lado, la presencia de Iracema, el interés romántico y figura femenina central, añade una capa de tensión dramática y emocional. Iracema no es una damisela en apuros convencional; posee una conexión propia con el entorno y representa la belleza y la fragilidad de la vida selvática que Arandu ha jurado proteger.
Visualmente, el cómic destaca por el uso magistral del claroscuro y una técnica de dibujo realista que enfatiza la musculatura anatómica y la exuberancia de la flora y fauna. Las portadas, a menudo realizadas por artistas de gran calibre como Rafael Gallur, se convirtieron en iconos visuales por su vibrante colorido y su capacidad para capturar la ferocidad del combate y la majestuosidad del paisaje. El estilo artístico logra transmitir una atmósfera de peligro constante, donde cada sombra en la selva puede ocultar una amenaza mortal.
Editorial EJEA mantuvo la publicación durante años, logrando una cadencia semanal que generó una base de lectores masiva en México y varios países de Latinoamérica. La estructura de los guiones permitía que cada número funcionara como una aventura autoconclusiva, aunque existían arcos narrativos de mayor aliento que profundizaban en el pasado de la estirpe de Arandu y los secretos de su ciudad perdida.
En resumen, *Arandu – El Príncipe de la Selva* es más que un cómic de aventuras; es un testimonio de la capacidad de la historieta latinoamericana para crear mitologías propias. A través de sus páginas, el lector se sumerge en un mundo donde la justicia se imparte con la fuerza de los puños y la sabiduría de los ancestros, consolidando a Arandu como un símbolo de resistencia cultural y ecológica en el noveno arte. Su legado perdura como un referente del heroísmo clásico, definido por el honor, el respeto a la tierra y la lucha incansable contra la injusticia.