Dentro del vasto y rico panorama de la historieta chilena, existe un nombre que resuena con una mezcla de nostalgia, risas y una profunda identificación psicológica: Alaraco. Creado por el legendario Themo Lobos, uno de los pilares fundamentales del noveno arte en el Cono Sur, este personaje no solo se convirtió en un ícono de las viñetas, sino que logró la hazaña máxima a la que puede aspirar una obra de ficción: integrarse en el lenguaje cotidiano de un país.
Publicado originalmente en las páginas de la emblemática revista *Mampato* a finales de la década de los 60 y durante los 70, *Alaraco* es una clase magistral de narrativa humorística breve. La premisa, en apariencia sencilla, es el motor de una comedia de enredos inagotable. El protagonista, que da nombre a la serie, es un hombre de mediana edad, de aspecto pulcro y convencional, cuya característica definitoria es su incapacidad absoluta para procesar los eventos de la vida diaria con moderación. Para Alaraco, no existen los matices: un leve dolor de cabeza es el síntoma inequívoco de una enfermedad terminal; un retraso de cinco minutos de su esposa es un secuestro inminente; y una mancha en la alfombra es una catástrofe doméstica de proporciones bíblicas.
Como experto en la materia, es fascinante observar cómo Themo Lobos utiliza la exageración (la "alaraca", en el argot chileno) no solo como un recurso cómico, sino como un espejo de la ansiedad humana. Alaraco es la personificación del estrés y la sobreinterpretación. Cada historieta suele seguir una estructura de *gag* de una página o incluso pocas viñetas, donde un incidente trivial escala rápidamente debido a la imaginación desbocada y la reacción volcánica del protagonista.
El contrapunto necesario para que esta dinámica funcione es su familia, liderada por su esposa, Tranquilina. Como su nombre indica, ella es el eje de calma y sensatez que intenta, casi siempre sin éxito, traer a Alaraco de vuelta a la realidad. Los hijos de la pareja observan con una mezcla de resignación y asombro las explosiones de su padre. Esta dinámica familiar permite que el cómic explore situaciones universales: las vacaciones, las visitas al médico, el trabajo en la oficina o las tareas del hogar, transformándolas en escenarios de un caos hilarante.
Desde el punto de vista artístico, el trabajo de Themo Lobos en *Alaraco* es impecable. Su trazo es dinámico, elástico y extremadamente expresivo. Lobos posee una habilidad única para dibujar el movimiento y la emoción; los ojos saltones de Alaraco, su sudor frío, sus gestos desencajados y las onomatopeyas que llenan el espacio visual crean una sensación de urgencia que atrapa al lector. El diseño del personaje es icónico: su traje oscuro, su calvicie incipiente y su postura siempre tensa lo hacen reconocible al instante.
Pero lo que realmente eleva a *Alaraco* por encima de otras tiras cómicas de su época es su profundidad sociológica. Aunque es una obra de humor, retrata con agudeza la neurosis de la clase media urbana. Alaraco sufre por lo que podría pasar, vive en un futuro catastrófico constante, lo que lo convierte en un personaje extrañamente contemporáneo. A pesar de sus gritos y sus excesos, el lector no puede evitar sentir simpatía por él, porque todos hemos sido, en algún momento y en menor medida, un poco "alaracos".
En conclusión, *Alaraco* es una pieza esencial para entender la evolución del cómic latinoamericano. Es una obra que prescinde de la violencia o el humor soez para centrarse en la observación de la conducta humana. Leer sus recopilaciones hoy en día no es solo un ejercicio de nostalgia, sino una oportunidad de disfrutar del ingenio de un autor que supo retratar, con tinta y papel, la hermosa y a veces ridícula complejidad de nuestras preocupaciones diarias. Es, sin duda, un título imprescindible para cualquier coleccionista o amante de la narrativa visual que desee comprender cómo el humor puede nacer de la más pura y exagerada ansiedad.