Akameshi

Akameshi, la obra gestada por el guionista Martí Ferré y el dibujante Joan Bor, se erige como una de las propuestas más vigorosas y visualmente impactantes dentro del panorama del cómic europeo contemporáneo con clara influencia del *gekiga* y la fantasía oscura. Publicada bajo el sello de Spaceman Project, esta obra no es simplemente un relato de samuráis al uso, sino una inmersión visceral en un Japón feudal alternativo donde la mitología, el horror sobrenatural y la crudeza de la supervivencia se entrelazan de manera indisoluble.

La narrativa nos sitúa en un mundo crepuscular, una era de caos donde las fronteras entre el reino de los vivos y el de las sombras se han vuelto peligrosamente permeables. El protagonista, que da nombre al título, es un guerrero errante marcado por una maldición o un don —según el prisma con que se mire— vinculado a su mirada. Akameshi no es el héroe arquetípico de honor inmaculado; es un superviviente, un hombre de pocas palabras cuya existencia está definida por el acero de su espada y la carga de un destino que parece arrastrarlo hacia los rincones más oscuros de la geografía nipona.

El entorno que Ferré y Bor construyen es un personaje en sí mismo. No estamos ante el Japón bucólico de los cerezos en flor, sino ante un territorio devastado por la guerra y la presencia de entidades que escapan a la comprensión humana. La trama se articula como un viaje iniciático y de redención, donde el protagonista debe abrirse paso a través de aldeas asoladas, bosques densos que parecen respirar y templos en ruinas que custodian secretos ancestrales. La estructura narrativa respeta los códigos del *chanbara* (cine de acción de samuráis), pero los subvierte al introducir elementos de un folclore retorcido, donde los *yokai* y los demonios no son meras leyendas, sino amenazas tangibles y letales.

El apartado gráfico de Joan Bor merece una mención especial y es, sin duda, el pilar fundamental que sostiene la atmósfera de la obra. Con un uso magistral del claroscuro y una línea nerviosa pero precisa, Bor logra transmitir una sensación de constante opresión. El diseño de personajes, especialmente el de los antagonistas y las criaturas sobrenaturales, huye de los clichés para ofrecer formas grotescas y orgánicas que refuerzan el tono de fantasía oscura. Las secuencias de combate están coreografiadas con una fluidez cinematográfica, donde el dinamismo de las viñetas permite al lector sentir el peso de cada tajo y la violencia de cada encuentro. El dibujo no solo ilustra la historia, sino que dicta el ritmo emocional, alternando silencios contemplativos con explosiones de acción frenética.

A nivel temático, *Akameshi* explora la dualidad entre la humanidad y la monstruosidad. A través del periplo del protagonista, el guion de Martí Ferré plantea interrogantes sobre el peso del pasado y la posibilidad de encontrar un propósito en un mundo que parece haber perdido su brújula moral. La relación de Akameshi con el entorno y con los escasos aliados que encuentra en su camino sirve para desgranar una mitología propia, rica en matices, que se va revelando de forma orgánica, sin recurrir a largas exposiciones de texto que interrumpan el flujo visual.

La obra evita los artificios innecesarios para centrarse en la pureza de la narrativa secuencial. Cada página está diseñada para sumergir al lector en una experiencia sensorial donde el frío del acero, el olor a sangre y la humedad de los bosques se perciben a través del papel. Es un cómic que exige atención al detalle, ya que gran parte de la historia se cuenta en los márgenes, en las expresiones de los rostros cansados y en la arquitectura decadente de un mundo que se desmorona.

En conclusión, *Akameshi* es una

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