Agujero negro (*Black Hole*), la obra maestra de Charles Burns, se erige como uno de los pilares fundamentales de la novela gráfica contemporánea. Publicada originalmente de forma serializada entre 1995 y 2005, esta obra es un estudio antropológico y visceral sobre la adolescencia, la alienación y el miedo al cambio, envuelto en una atmósfera de terror psicológico y *body horror*.
La historia se sitúa a mediados de la década de los 70, en un suburbio de Seattle. El escenario es un entorno de clase media estadounidense, marcado por el consumo de drogas recreativas, la música rock y la apatía propia de la juventud de la época. Sin embargo, este paisaje cotidiano se ve alterado por la aparición de una extraña enfermedad de transmisión sexual conocida simplemente como «la plaga» o «el bicho». A diferencia de las enfermedades convencionales, esta afección no mata a sus portadores, sino que provoca mutaciones físicas impredecibles y, a menudo, grotescas.
El genio de Burns reside en la naturaleza de estas mutaciones. No hay un patrón fijo: algunos jóvenes desarrollan una segunda boca en el cuello, otros mudan la piel como serpientes, a algunos les crecen colas o protuberancias extrañas por todo el cuerpo. Estas deformidades actúan como una marca indeleble de exclusión social. Una vez que un adolescente contrae la plaga, su vida tal como la conocía termina; se convierte en un paria, un monstruo que debe ocultarse bajo la ropa o huir a los bosques circundantes, donde los infectados han establecido campamentos precarios, viviendo al margen de una sociedad que los observa con asco y temor.
Narrativamente, la obra se estructura de forma coral, centrándose principalmente en cuatro personajes: Chris, Rob, Keith y Eliza. A través de sus ojos, el lector experimenta la transición traumática hacia la edad adulta. La plaga funciona como una metáfora hiperbólica y oscura de la pubertad: ese momento en que el cuerpo traiciona al individuo, se vuelve extraño, incontrolable y genera una profunda ansiedad sobre la propia identidad y la aceptación de los demás. Burns explora la crueldad inherente a los círculos sociales juveniles, donde la diferencia física se castiga con el ostracismo más absoluto.
El apartado visual es, sin duda, el elemento más distintivo de *Agujero negro*. Charles Burns utiliza un estilo de dibujo de un contraste extremo, empleando únicamente blanco y negro con una precisión quirúrgica. Su trazo es limpio, casi clínico, lo que acentúa la naturaleza perturbadora de las imágenes. El uso magistral de las masas de negro crea una atmósfera opresiva y claustrofóbica, donde las sombras parecen tener peso propio. Las secuencias oníricas y las alucinaciones de los personajes están integradas con tal fluidez que la frontera entre la realidad y la pesadilla se vuelve difusa, sumergiendo al lector en un estado de inquietud constante.
La obra no busca ofrecer explicaciones científicas sobre el origen de la enfermedad, ni se apoya en giros argumentales efectistas. Su enfoque es puramente existencialista. Se centra en la soledad, en el deseo de conexión humana en un mundo que se desmorona y en la pérdida irremediable de la inocencia. Los bosques de Seattle, representados con un detalle obsesivo, se convierten en un personaje más: un refugio oscuro y húmedo donde los sueños de la juventud se pudren lentamente.
En conclusión, *Agujero negro* es una lectura densa y fascinante que trasciende el género del terror para convertirse en un retrato psicológico profundo. Es una obra que captura la esencia del desamparo adolescente y la fragilidad de la carne. A través de su impecable ejecución técnica y su narrativa pausada pero implacable, Charles Burns logra que el lector sienta la misma incomodidad y fascinación que sus protagonistas, consolidando este cómic como una pieza imprescindible del noveno arte que sigue resonando con fuerza décadas después de su creación.