Dentro del panorama del noveno arte en España, la revista Pánico representa uno de los pilares fundamentales del denominado "boom del cómic de terror" de los años 70. Publicada por la editorial Vilmar a partir de 1972, esta cabecera no solo fue un vehículo de entretenimiento para una generación ávida de emociones fuertes, sino también un escaparate técnico para una de las mejores hornadas de dibujantes que ha dado el país. Como experto en la materia, es imperativo analizar esta obra desde su estructura antológica, su valor estético y su contexto histórico.
Pánico se concibió bajo el formato de revista de antología, siguiendo la estela de publicaciones estadounidenses como *Creepy* o *Eerie* de Warren Publishing, pero con una identidad marcadamente europea y, específicamente, española. En sus páginas no encontramos una narrativa lineal o un protagonista recurrente, sino una sucesión de relatos autoconclusivos que exploran las diversas facetas del miedo. Esta estructura permitía al lector enfrentarse a diferentes subgéneros en un solo ejemplar: desde el horror gótico más clásico, poblado de castillos en ruinas y maldiciones ancestrales, hasta el terror psicológico, la ciencia ficción distópica y el macabro costumbrismo urbano.
El núcleo del éxito de Pánico reside en la calidad de sus colaboradores. Durante su existencia, la revista contó con el talento de la agencia Selecciones Ilustradas, lo que garantizaba un nivel gráfico excepcional. Artistas de la talla de José Ortiz, Luis Bermejo, Esteban Maroto o Leopoldo Sánchez, entre muchos otros, plasmaron en estas páginas un dominio magistral del blanco y negro. El uso del claroscuro, las tramas manuales y el detallismo anatómico no eran meros adornos, sino herramientas narrativas esenciales para construir atmósferas opresivas. La capacidad de estos autores para transmitir texturas —la humedad de una cripta, la rugosidad de una piel mutada o la frialdad del acero— elevó a la revista por encima de la media de las publicaciones de quiosco de la época.
Narrativamente, las historias de Pánico suelen seguir un esquema de tensión ascendente que culmina en un giro final, a menudo irónico o cruel. Los guiones, aunque a veces condicionados por las convenciones del género de la época, evitaban el maniqueísmo simple. El horror en esta publicación no siempre provenía de fuerzas sobrenaturales externas; con frecuencia, el monstruo era el propio ser humano, sus vicios, su ambición o su locura. Esta profundidad temática permitía que el cómic trascendiera el susto fácil para instalarse en una inquietud más persistente y existencial.
Otro aspecto técnico a destacar es la composición de página. Al no estar sujetos a la censura rígida que afectaba a otros medios, los autores de Pánico experimentaron con la puesta en escena, rompiendo la cuadrícula tradicional para dinamizar la lectura y acentuar el impacto visual de las escenas más viscerales. La violencia y el erotismo, tratados con una estética sombría, formaban parte del ADN de la revista, respondiendo a un público adulto que buscaba una ruptura con el tebeo infantil y juvenil predominante en décadas anteriores.
En resumen, Pánico es una pieza de arqueología editorial imprescindible para comprender la evolución del cómic adulto en España. Su importancia no radica solo en su capacidad para asustar, sino en cómo consolidó una industria de autores que exportaron su talento a todo el mundo. Leer Pánico hoy en día es asistir a una clase magistral de narrativa visual, donde el dibujo se convierte en el lenguaje absoluto del terror y donde cada viñeta está diseñada para atrapar al lector en un juego de sombras del que es difícil escapar indemne. Es, en definitiva, un testimonio gráfico de una época en la que el papel y la tinta fueron suficientes para dar forma a nuestras peores pesadillas.