Butifarra – Ep2

El segundo número de la mítica cabecera Butifarra!, publicada originalmente a mediados de los años 70, representa un hito fundamental en la consolidación del cómic como herramienta de crónica social y política en España. Enmarcado en el convulso periodo de la Transición, este ejemplar no debe entenderse como una simple sucesión de historietas de humor, sino como un manifiesto gráfico orquestado por el Equipo Butifarra, un colectivo de autores que decidió bajar el noveno arte de los pedestales de la fantasía para enterrarlo en el barro de los barrios obreros de Barcelona.

Desde un punto de vista técnico y narrativo, Butifarra – Ep2 profundiza en la identidad visual que el grupo ya había esbozado en su debut. La obra se aleja conscientemente del estilo pulcro de la escuela Bruguera, predominante en la época, para abrazar una estética heredera del *underground* estadounidense y del *comix* europeo más contestatario. El dibujo es denso, cargado de texturas y con un uso del blanco y negro que enfatiza la crudeza de los entornos urbanos que retrata. Las viñetas están abarrotadas de detalles: desconchones en las paredes, carteles reivindicativos en las esquinas y una fisonomía de personajes que huye de la idealización para abrazar un realismo caricaturesco y, a menudo, grotesco.

La sinopsis temática de este segundo episodio se centra en la lucha vecinal y la denuncia del urbanismo salvaje. Si el primer número servía de presentación, este segundo volumen entra de lleno en el conflicto directo. La narrativa es coral; no existe un único protagonista, sino que el héroe es la colectividad: el vecino que se organiza, la ama de casa que protesta por la carestía de la vida y el trabajador que sufre las deficiencias de un transporte público inexistente. El cómic actúa como un espejo de las asociaciones de vecinos de la periferia barcelonesa, capturando el lenguaje de la calle, los modismos de la inmigración interna (el fenómeno "charnego") y la tensión constante con las autoridades de la época.

Uno de los pilares de este número es la sátira contra la especulación inmobiliaria. A través de diversas historietas cortas y secciones fijas, el equipo de autores —liderado por figuras como Alfonso López, Rafel Vaquer o Max en sus etapas tempranas— disecciona los mecanismos de poder que permitieron el crecimiento descontrolado de las ciudades sin dotarlas de servicios básicos. El humor es la herramienta de ataque: una ironía mordaz que no busca la carcajada fácil, sino la reflexión incómoda. Se parodian las figuras del alcalde tecnócrata, el constructor sin escrúpulos y el policía represor, figuras que en aquel 1975-1976 eran tristemente cotidianas.

En cuanto a su estructura, el ejemplar se organiza como una revista de variedades pero con un hilo conductor ideológico inquebrantable. Alterna páginas de historieta pura con secciones de carácter más periodístico o ilustrativo, lo que le otorga un ritmo frenético. La narrativa visual es innovadora para su tiempo en España, utilizando montajes de página que rompen la cuadrícula tradicional para simular el caos de una manifestación o la opresión de un bloque de pisos colmena.

Butifarra – Ep2 evita caer en el panfleto árido gracias a su capacidad para humanizar la política. Los conflictos no se exponen desde la teoría académica, sino desde la cocina de una vivienda de protección oficial o desde la barra de un bar de barrio. Es un cómic que huele a asfalto y

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