Orson, la obra gestada por el guionista Santiago García y el dibujante Luis Bustos, se erige como una de las aproximaciones más ambiciosas y complejas al lenguaje del noveno arte dentro del panorama del cómic contemporáneo español. Publicada por Astiberri, esta novela gráfica no debe entenderse como una biografía lineal o un documento enciclopédico sobre la figura de Orson Welles, sino como un artefacto narrativo que explora la naturaleza del genio, el peso del fracaso y la obsesión inabarcable por la creación artística.
La trama se articula en torno a la figura de un Welles crepuscular, un titán del cine que, tras haber tocado el cielo con *Citizen Kane*, se encuentra atrapado en un laberinto de proyectos inacabados, deudas financieras y una lucha constante por mantener su independencia creativa frente a la industria de Hollywood. El eje central de la obra es la relación del cineasta con España, un país que Welles convirtió en su refugio espiritual y en el escenario de su proyecto más personal y esquivo: su versión cinematográfica de *Don Quijote*. A través de este paralelismo entre el caballero de la triste figura y el propio director, García y Bustos construyen un relato sobre la imposibilidad de alcanzar la perfección y la belleza de lo inacabado.
Narrativamente, el cómic huye de las convenciones del *biopic* tradicional. Santiago García emplea una estructura fragmentada, casi cubista, que salta en el tiempo y el espacio para capturar la esencia de un hombre que era, en sí mismo, una contradicción ambulante. La historia nos traslada desde los platós de rodaje en los que Welles intentaba estirar presupuestos inexistentes, hasta las plazas de toros y los paisajes áridos de la geografía española que tanto le fascinaban. No se busca contar qué hizo Welles, sino quién era Welles a través de sus ausencias y sus sombras.
El apartado visual de Luis Bustos es, sencillamente, prodigioso y fundamental para entender la magnitud de la obra. Bustos no se limita a ilustrar el guion, sino que despliega un lenguaje visual que rinde homenaje a la estética expresionista y barroca del propio Welles. El uso del blanco y negro es rotundo, jugando con contrastes violentos, angulaciones de cámara imposibles y composiciones de página que desafían la lectura convencional. El dibujo de Bustos captura la fisicidad del director —ese cuerpo que se expande a medida que su carrera parece contraerse— y logra transmitir la energía volcánica y, a la vez, la profunda melancolía que emanaba el personaje.
Un aspecto clave de Orson es su capacidad para reflexionar sobre el propio medio del cómic. Al igual que Welles experimentó con el montaje y la profundidad de campo en el cine, García y Bustos experimentan con el ritmo y la secuencia en el papel. La obra se convierte en un ensayo sobre la mirada: la mirada del director sobre su obra, la mirada del público sobre el mito y la mirada de los autores del cómic sobre un icono cultural que parece inagotable.
El cómic también profundiza en la soledad del creador. A pesar de estar rodeado de colaboradores, amigos y admiradores, el Orson que se nos presenta es un hombre en perpetua huida hacia adelante, alguien que prefiere el proceso de creación al resultado final, quizás por miedo a que la obra terminada nunca esté a la altura de su imaginación. La presencia constante de ese *Don Quijote* que nunca llega a estrenarse funciona como el "Rosebud" de esta historia, un símbolo de la búsqueda de lo absoluto que acaba consumiendo al buscador.
En definitiva, Orson es una obra densa, exigente y profundamente gratificante que utiliza la figura de uno de los mayores artistas del siglo XX para hablar de temas universales: la vejez, la memoria, la identidad y la lucha contra el tiempo. Es un cómic que no solo describe una vida, sino que intenta atrapar el espíritu de una época y la psicología de un hombre que quiso serlo todo y terminó convertido en su propio personaje. Sin caer en el hagiografía ni en el juicio sumarísimo, Santiago García y Luis Bustos entregan un retrato vibrante y tridimensional que se sitúa como un hito en la narrativa gráfica actual, demostrando que el cómic es el vehículo perfecto para explorar las luces y las sombras de la condición humana.