Makoki no es solo un personaje de cómic; es el estandarte de una revolución estética y narrativa en la historieta española. Surgido en 1977, en plena Transición, de la mano del dibujante Miguel Gallardo y el guionista Juan Mediavilla (basándose en un relato breve de Felipe Borrayo), Makoki representa la culminación del *underground* nacional, o lo que en su momento se denominó la «línea chunga».
La premisa del cómic nos presenta a un antihéroe absoluto: un fugitivo de un hospital psiquiátrico que deambula por las calles de una Barcelona marginal y convulsa. Lo que define visualmente a Makoki es su iconografía bizarra: viste un pijama de hospital y lleva permanentemente sujetos a la cabeza los cables y electrodos de un aparato de electrochoque que se llevó consigo tras su huida. Este casco rudimentario no es solo un adorno, sino una extensión de su psique fracturada y un símbolo de la violencia institucional de la época.
Narrativamente, las historias de Makoki se alejan de cualquier estructura heroica convencional. El cómic se sumerge en los bajos fondos, explorando la vida de la delincuencia de poca monta, el consumo de drogas, la marginalidad urbana y el enfrentamiento constante con la autoridad. Makoki no está solo; le acompaña su «basca», una galería de personajes secundarios igualmente grotescos y memorables como el Cuco, el Niñato o el Emo, que conforman un retrato coral de la exclusión social.
Uno de los pilares fundamentales de la obra es su lenguaje. Juan Mediavilla logró capturar y amplificar el argot de la calle, el «cheli» y la jerga de los ambientes delictivos y carcelarios de finales de los 70. El uso de términos como «pibe», «tronko», «talego» o «bofia», combinados con una sintaxis atropellada y vibrante, dotó al cómic de una autenticidad cruda que contrastaba radicalmente con la pulcritud de los tebeos de la etapa anterior. Este lenguaje no solo servía para caracterizar a los personajes, sino que funcionaba como un acto de rebeldía contra la norma académica.
En el apartado gráfico, Miguel Gallardo rompió con los cánones establecidos. Su dibujo, adscrito a la mencionada «línea chunga», se caracteriza por un trazo sucio, expresivo y deliberadamente feísta. Influenciado por el *comix* estadounidense de autores como Robert Crumb, Gallardo utiliza una composición de página dinámica y abigarrada, donde el entorno urbano —sucio, decadente y lleno de detalles sórdidos— cobra un protagonismo casi orgánico. La fealdad de los personajes es una declaración de principios: es el reflejo de una realidad que la sociedad oficial prefería ignorar.
El impacto de Makoki fue tal que trascendió las páginas de las revistas donde se serializó inicialmente, como *Disco Exprés* o la mítica *El Víbora*. Se convirtió en un fenómeno contracultural que dio nombre a su propia revista en los años 80, sirviendo de plataforma para otros autores que buscaban explorar los límites de lo políticamente correcto. El cómic funciona como una crónica ácida y satírica de la España post-franquista, capturando el desencanto de una juventud que no encontraba su lugar en la nueva democracia y que prefería la anarquía de las calles al orden establecido.
En resumen, leer *Makoki* hoy en día es acceder a un documento histórico y artístico esencial. Es una obra que rechaza la complacencia y que utiliza el humor negro y la escatología para diseccionar las miserias de la condición humana y las contradicciones de un sistema opresivo. Sin necesidad de recurrir a grandes epopeyas, Gallardo y Mediavilla construyeron un universo propio, caótico y fascinante, que sigue siendo el referente absoluto del cómic de resistencia en España. Es, en definitiva, la voz de los que no tienen voz, gritando desde el frenopático hacia una ciudad que nunca duerme.