Rambla Rock

Rambla Rock, la obra de Roberto Bergado, se erige como una crónica visceral y eléctrica de una Barcelona que ya no existe, pero que dejó una huella indeleble en la cultura popular española. Situada cronológicamente en el tránsito entre finales de los años 70 y principios de los 80, esta novela gráfica no es solo un relato sobre música, sino un retrato sociológico de una generación que intentaba encontrar su voz entre el ruido de las guitarras eléctricas y el eco de una dictadura recién terminada.

La narrativa nos sumerge en el corazón de Las Ramblas, que en aquel entonces funcionaban como el sistema circulatorio de una ciudad canalla, peligrosa y vibrante. El cómic sigue los pasos de un grupo de jóvenes cuya existencia orbita alrededor del rock and roll, entendido no solo como un género musical, sino como una tabla de salvación y una declaración de principios. La trama se aleja de los heroísmos épicos para centrarse en la cotidianidad del "underground": los locales de ensayo húmedos, las tiendas de discos de importación que servían como templos de sabiduría, y los bares donde se gestaban revoluciones que rara vez salían de la barra.

El protagonista de esta historia encarna la búsqueda de identidad en un entorno hostil pero fascinante. A través de sus ojos, el lector recorre una Barcelona pre-olímpica, marcada por la suciedad, la heroína, la prostitución y, sobre todo, una libertad recién estrenada que resultaba tan embriagadora como aterradora. La obra evita caer en la nostalgia barata o en la idealización del pasado; en su lugar, ofrece una visión cruda de lo que significaba intentar montar una banda o simplemente sobrevivir a la noche barcelonesa cuando no tenías un duro en el bolsillo pero sí una colección de vinilos que valía un imperio.

Desde el punto de vista artístico, Roberto Bergado despliega un estilo que bebe directamente de la estética de los fanzines y las revistas de la época, como *El Víbora* o *Makoki*, pero con una técnica depurada y contemporánea. El uso del blanco y negro es fundamental para transmitir esa atmósfera de claroscuros urbanos. El trazo es nervioso, cargado de tinta, capaz de capturar tanto el sudor de un concierto en una sala pequeña como la soledad de una calle vacía a las cuatro de la mañana. El diseño de personajes es expresivo y realista, huyendo de la caricatura para dotar a los protagonistas de una humanidad tangible. Cada viñeta está impregnada de una textura que casi permite oler el tabaco y el asfalto.

Uno de los pilares de Rambla Rock es su capacidad para integrar la música en el lenguaje visual del cómic. Aunque el papel es silencioso, Bergado logra que el lector "escuche" las referencias que pueblan las páginas: desde el punk más crudo hasta el rock urbano y las influencias que llegaban de Londres o Nueva York. La música actúa como el pegamento que une a unos personajes que, de otro modo, estarían perdidos en la inmensidad de una ciudad que empezaba a transformarse a pasos agigantados.

La obra también funciona como un documento histórico sobre la "cara B" de la Transición española. Mientras en los despachos se firmaban pactos, en las calles de Barcelona se libraba una batalla cultural por la autenticidad. El cómic explora la tensión entre el deseo de modernidad y las estructuras rancias que aún persistían, mostrando cómo la juventud utilizaba la estética y el sonido para marcar distancias con el mundo de sus padres.

En conclusión, Rambla Rock es una pieza imprescindible para entender el cómic de autor en España. Es una historia de perdedores hermosos, de sueños que chocan contra la realidad y de la energía incombustible de la juventud. Sin necesidad de recurrir a giros de guion artificiosos, la obra atrapa por su honestidad y por su capacidad para evocar un tiempo y un lugar donde todo parecía posible, siempre y cuando tuvieras una guitarra a mano y alguien que te acompañara en el siguiente acorde. Es, en esencia, un homenaje al espíritu indomable de una Barcelona que, aunque hoy esté sepultada bajo el turismo de masas, sigue latiendo en las páginas de este cómic.

Deja un comentario