Cortocuentos

Cortocuentos, la obra que marca el inicio de la trayectoria pública de Borja González, es una pieza fundamental para entender la evolución del cómic contemporáneo en España. Publicada originalmente en dos volúmenes (y posteriormente recopilada), esta obra no es solo una antología de relatos breves, sino un manifiesto estético y narrativo que redefine el uso del silencio y la elipsis en la narrativa gráfica.

Desde un punto de vista técnico, la característica más disruptiva de *Cortocuentos* es su minimalismo visual. Borja González opta por una depuración extrema de la línea, donde destaca una decisión artística radical: los personajes carecen de rasgos faciales. Esta ausencia de ojos, boca o nariz no es una carencia técnica, sino una herramienta narrativa de gran calado. Al despojar a los protagonistas de expresiones faciales explícitas, el autor traslada todo el peso comunicativo al lenguaje corporal, a la composición de la página y, sobre todo, a la interacción del personaje con su entorno. El lector no recibe la emoción masticada a través de una mueca, sino que debe deducirla a través de la atmósfera y el ritmo de las viñetas.

La estructura de la obra se compone de una serie de viñetas y relatos cortos que funcionan como fogonazos de realidad o de fantasía contenida. No estamos ante una narrativa de planteamiento, nudo y desenlace tradicional. Cada "cortocuento" es una cápsula de tiempo, un momento suspendido que a menudo parece carecer de un antes y un después claros. Esta fragmentación invita a una lectura pausada, casi contemplativa, donde lo que sucede en los márgenes o en los espacios en blanco entre viñetas es tan importante como lo que se muestra explícitamente.

Temáticamente, *Cortocuentos* transita por una delgada línea entre lo cotidiano y lo fantástico. González construye un universo donde conviven elementos de la literatura gótica, el romanticismo oscuro y la cultura pop contemporánea. Es común encontrar a jóvenes con sudaderas y zapatillas de deporte deambulando por bosques neblinosos, castillos en ruinas o habitaciones vacías que parecen habitadas por presencias invisibles. Los temas recurrentes son la soledad, la búsqueda de identidad, la melancolía juvenil y una fascinación por lo desconocido que nunca llega a explicarse del todo, manteniendo siempre un aura de misterio que no busca resolución.

El uso del color es otro pilar fundamental de la obra. Borja González emplea paletas cromáticas muy específicas y limitadas para cada relato, creando atmósferas envolventes que dictan el tono emocional de la historia. Los tonos planos y la ausencia de sombras complejas refuerzan esa sensación de irrealidad y de sueño lúcido que impregna todo el libro. La arquitectura y la naturaleza no son meros fondos; son personajes mudos que oprimen o liberan a los protagonistas, estableciendo un diálogo visual constante con el lector.

En cuanto al guion, el autor hace gala de una economía de palabras absoluta. Los diálogos son escasos, precisos y a menudo crípticos. No se busca informar al lector sobre la trama, sino evocar una sensación. Esta es una obra que confía plenamente en la inteligencia y la sensibilidad de quien la sostiene, permitiendo que cada persona complete los huecos narrativos con sus propias experiencias o miedos.

En resumen, *Cortocuentos* es un ejercicio de síntesis narrativa donde el "menos es más" se lleva a sus últimas consecuencias. Es la piedra angular sobre la que Borja González construiría más tarde obras maestras como *The Black Holes* o *Grito nocturno*. Para el estudioso del cómic, representa un punto de inflexión en el que la historieta se desprende de la necesidad de explicarlo todo para centrarse en la capacidad de sugerir, convirtiendo la lectura en una experiencia atmosférica y profundamente estética. Es una obra esencial para comprender cómo el cómic puede alcanzar cotas de poesía visual sin necesidad de artificios ni florituras innecesarias.

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