Crónicas de Mesene representa uno de los hitos más significativos del cómic de fantasía épica producido en España, consolidándose como una obra de culto desde su aparición a finales de la década de los 90. Guionizada por Roke González y contando en sus inicios con el dibujo de un emergente y espectacular Mateo Guerrero, esta serie nació bajo el amparo del sello *Laberinto* de Planeta DeAgostini, una iniciativa que buscaba profesionalizar y dar salida al talento nacional con un formato similar al de las grandes editoriales estadounidenses.
La historia nos traslada al continente de Mesene, un mundo de corte medieval fantástico que destaca por su profundidad geopolítica y su rica mitología interna. A diferencia de otras obras del género que recurren a tropos simplistas de "bien contra mal", Mesene se construye sobre una base de grises, donde los intereses políticos, las traiciones dinásticas y la supervivencia económica de sus habitantes mueven los hilos de la trama. En este escenario, la magia no es un recurso inagotable ni cotidiano, sino una fuerza antigua, temida y a menudo vinculada a un pasado oscuro que muchos preferirían olvidar.
El núcleo narrativo de estos primeros cuatro números se centra en la figura de dos mercenarios con una química excepcional: Turlogh y Kheldar. Turlogh es el arquetipo del guerrero imponente, un hombre de pocas palabras pero de una eficacia letal en el combate, cuyo pasado está marcado por el misterio y la tragedia. Por su parte, Kheldar aporta el contrapunto necesario; es un pícaro astuto, ágil y con una lengua afilada, cuya habilidad para el robo y la infiltración complementa la fuerza bruta de su compañero. Juntos forman una unidad de élite que sobrevive aceptando encargos que nadie más se atrevería a tomar.
El arco inicial contenido en estos ejemplares arranca con una misión aparentemente rutinaria que pronto escala hacia una conspiración de dimensiones continentales. Los protagonistas se ven envueltos en una red de intrigas que involucra a las altas esferas del poder en Mesene. La narrativa de Roke González destaca por su capacidad para dosificar la información, presentando al lector un mundo vasto a través de pequeños detalles y diálogos orgánicos, evitando las exposiciones farragosas. Se percibe una construcción de mundo (*worldbuilding*) meticulosa, donde cada reino, desde las gélidas tierras del norte hasta las ciudades-estado del sur, posee su propia idiosincrasia y conflictos internos.
Visualmente, el trabajo de Mateo Guerrero en estos números es fundamental para entender el éxito de la serie. Su estilo, que bebe tanto del cómic europeo como de la dinámica del *comic-book* americano y ciertos toques de la estética manga (muy en boga en aquella época), dota a la obra de una energía cinética envidiable. El diseño de personajes es icónico y funcional, mientras que la ambientación de los escenarios —bosques densos, tabernas lúgubres y castillos imponentes— logra sumergir al lector en la atmósfera de Mesene de forma inmediata. La narrativa visual es fluida, destacando especialmente en las secuencias de acción, que son coreografiadas con una claridad y un impacto notables.
En estos primeros cuatro números, el lector asistirá al planteamiento de una saga que explora temas como la lealtad, el peso del destino y la corrupción del poder. La relación entre Turlogh y Kheldar evoluciona más allá de la simple asociación profesional, cimentando una amistad forjada en el peligro. Además, se introducen personajes secundarios que enriquecen el tapiz narrativo, sugiriendo que las acciones de este dúo de mercenarios tendrán repercusiones que afectarán el equilibrio de todo el continente.
Crónicas de Mesene 1-4 no es solo un ejercicio de nostalgia para el lector de cómic español; es una obra sólida de espada y brujería que logra mantener su vigencia gracias a un guion inteligente y un apartado artístico de primer nivel. Es la puerta de entrada a un universo donde la aventura es constante, el peligro