Cuadernos japoneses, obra del autor italiano Igort (Igor Tuveri), no es simplemente una novela gráfica al uso, sino un híbrido fascinante entre el diario de viajes, el ensayo histórico, la memoria autobiográfica y el homenaje artístico. Publicada originalmente en 2015, esta obra se erige como un testimonio fundamental para comprender la relación entre la sensibilidad europea y la inabarcable complejidad de la cultura nipona, narrada desde la perspectiva de uno de los pocos autores occidentales que logró integrarse en la industria del manga durante su época dorada.
La narrativa se estructura a partir de los recuerdos de Igort sobre su estancia en Japón durante la década de los noventa. En aquel entonces, el autor se convirtió en uno de los primeros dibujantes extranjeros en trabajar para una de las grandes editoriales del país, Kodansha. A través de sus páginas, el lector acompaña al autor en su inmersión profesional, descubriendo los entresijos de un sistema de producción editorial extremadamente riguroso, donde la disciplina, la jerarquía y la búsqueda de la perfección estética dictan el ritmo de vida de los *mangakas*. Igort describe con precisión quirúrgica la figura del editor japonés, un mentor y a la vez un censor benevolente, cuya función es moldear el talento del artista para conectar con el alma del público.
Sin embargo, el libro trasciende rápidamente el ámbito profesional para adentrarse en una exploración profunda de la identidad japonesa. Igort utiliza sus vivencias personales como un hilo conductor para saltar hacia atrás en el tiempo y analizar figuras clave de la cultura de aquel país. El autor rinde tributo a maestros del cine como Yasujirō Ozu y Takeshi Kitano, y a gigantes de la literatura y el arte como Yukio Mishima o Hokusai. Especial mención merece su análisis del Gekiga, el movimiento de cómic adulto y realista que revolucionó el medio en los años sesenta, y su admiración por figuras como Shigeru Mizuki o Jiro Taniguchi, con quienes mantuvo vínculos de respeto y aprendizaje.
Desde el punto de vista visual, *Cuadernos japoneses* es una exhibición de virtuosismo técnico. Igort abandona la rigidez de la viñeta tradicional para ofrecer composiciones orgánicas que respiran. El estilo artístico es camaleónico: el autor adapta su trazo según el tema que trata, alternando entre el realismo detallado, el boceto rápido propio de un cuaderno de notas y el homenaje explícito a la estética del *ukiyo-e* (las estampas del mundo flotante). El uso del color es magistral, predominando las acuarelas en tonos ocres, azules profundos y grises que evocan una atmósfera de nostalgia y contemplación. La obra no solo se lee, sino que se contempla como un objeto artístico en sí mismo, donde el espacio en blanco —el concepto japonés de *Ma*— juega un papel narrativo crucial, permitiendo que las ideas y las imágenes reposen en la mente del lector.
El cómic también aborda la dualidad de Japón: la coexistencia de la modernidad tecnológica más frenética con las tradiciones ancestrales más arraigadas. Igort reflexiona sobre la soledad, el sentido del deber y la belleza de lo efímero, elementos que permean toda la obra. No busca ofrecer una visión enciclopédica o turística, sino una visión íntima y subjetiva; es la crónica de un enamoramiento intelectual y espiritual.
En conclusión, *Cuadernos japoneses* es una pieza indispensable en la bibliografía contemporánea del cómic europeo. Es una obra que exige una lectura pausada, capaz de transportar al lector a un Japón que ya no existe del todo, pero que sobrevive en los trazos y las reflexiones de un autor que supo mirar más allá de la superficie exótica. Es, en esencia, un puente trazado con tinta y papel entre dos mundos, y una reflexión universal sobre la vocación artística y la búsqueda de la propia voz en un entorno ajeno. Una lectura obligatoria para cualquier amante del noveno arte que busque profundidad, belleza y una comprensión más rica de la cultura oriental.