Last Blood

En el vasto panorama del noveno arte, pocas obras logran amalgamar géneros aparentemente agotados con la frescura y el cinismo con que lo hace "Last Blood". Creada por el guionista Bobby Crosby e ilustrada con una crudeza visceral por Owen Gieni, esta obra se posiciona no solo como un relato de supervivencia, sino como una deconstrucción de la cadena alimenticia en un escenario postapocalíptico. La premisa es tan directa como aterradora: en un mundo donde los zombis han triunfado y la humanidad está al borde de la extinción total, los vampiros se ven obligados a dar un paso al frente, no como cazadores, sino como los últimos y más improbables protectores de nuestra especie.

La narrativa de "Last Blood" nos sitúa en un futuro inmediato donde el apocalipsis zombi no ha dejado lugar a la esperanza. Las ciudades son cementerios andantes y los pocos humanos que quedan se esconden en las sombras, esperando un final inevitable. Sin embargo, este escenario presenta un dilema existencial para otra raza de depredadores: los vampiros. Al ser parásitos biológicos que dependen exclusivamente de la sangre humana fresca para subsistir, la extinción del *Homo sapiens* implica, por extensión, la muerte por inanición de los no-muertos. Si los zombis devoran hasta el último hombre, mujer y niño, los vampiros dejarán de ser los reyes de la noche para convertirse en polvo.

Bajo esta premisa de "el enemigo de mi enemigo es mi única fuente de alimento", el cómic despliega una trama cargada de tensión táctica y horror gráfico. La historia sigue a un grupo de vampiros que, movidos por un instinto de autopreservación puramente egoísta, deciden establecer un perímetro de defensa alrededor de un pequeño reducto de supervivientes humanos. Aquí es donde la obra brilla por su enfoque pragmático: no hay heroísmo romántico ni redención moral. Los vampiros protegen a los humanos de la misma forma que un ganadero protege a su ganado de los lobos. Esta dinámica crea una atmósfera de desconfianza constante; los humanos saben que están siendo salvados de una muerte atroz solo para ser mantenidos como reservas de alimento vivientes.

El guion de Crosby evita las florituras innecesarias y se centra en la logística de la supervivencia extrema. ¿Cómo mantienen los vampiros su disciplina cuando el hambre aprieta? ¿Cómo reaccionan los humanos al verse custodiados por los monstruos que solían protagonizar sus pesadillas? La obra explora la psicología de ambos bandos, mostrando a unos vampiros que deben luchar contra sus propios instintos depredadores para asegurar su futuro, y a unos humanos que han perdido toda agencia sobre sus vidas, convirtiéndose en meros espectadores de una guerra entre dos tipos de monstruos.

Visualmente, el trabajo de Owen Gieni es fundamental para transmitir la desesperanza del entorno. Su estilo, caracterizado por un uso magistral de las sombras y una paleta de colores sucia y orgánica, enfatiza la decrepitud del mundo. Los zombis en "Last Blood" no son figuras cómicas, sino masas de carne en descomposición que representan una fuerza de la naturaleza imparable. Por otro lado, el diseño de los vampiros huye de la estética gótica tradicional para presentarlos como figuras curtidas, casi militares, adaptadas a la brutalidad del nuevo orden mundial.

"Last Blood" destaca también por su ritmo cinematográfico. La acción es frenética y está coreografiada con una claridad que permite al lector sentir el peso de cada enfrentamiento. No obstante, el cómic se toma el tiempo necesario para desarrollar la tensión interna del grupo, donde las jerarquías vampíricas se ven puestas a prueba por la escasez de recursos y la presión constante de las hordas de no-muertos que no necesitan dormir, ni pensar, ni planear.

En definitiva, este cómic es una pieza esencial para entender la evolución de los mitos del terror en el siglo XXI. Al invertir los roles tradicionales y colocar al depredador en el papel de guardián, Crosby y Gieni logran una obra que es tanto un ejercicio de supervivencia extrema como una reflexión sobre la interdependencia biológica. Es un relato oscuro, directo y despojado de sentimentalismos, donde la única ley que impera es la de la última gota de sangre. Sin recurrir a giros argumentales forzados, "Last Blood" mantiene al lector en un estado de alerta constante, recordándonos que, a veces, la única diferencia entre un salvador y un verdugo es el momento en que deciden alimentarse.

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