Hormiga Blanca, obra del leonés Miguel Ángel Martín, se erige como una de las piezas fundamentales para comprender la evolución del cómic *underground* y de vanguardia en España. Publicada originalmente a finales de los años 90 y recuperada en diversas ediciones (como la de Rey Lear), esta novela gráfica condensa la esencia de la «estética de la asepsia» que ha hecho de Martín un autor de culto a nivel internacional. La obra se sitúa en un terreno donde el *cyberpunk*, la distopía social y el existencialismo clínico se entrelazan para ofrecer una visión desoladora, pero fascinantemente limpia, del futuro de la humanidad.
La trama nos introduce en un entorno futurista caracterizado por una higiene extrema, tanto física como moral. En este mundo, la tecnología no se presenta como algo ruidoso o mecánico, sino como una presencia invisible y omnipresente que ha logrado domesticar los impulsos más primarios del ser humano. La protagonista, que da nombre a la obra, es una joven que habita este ecosistema de paredes blancas, superficies lisas y silencios prolongados. A través de sus ojos, el lector recorre una sociedad donde la individualidad ha sido sacrificada en favor de una eficiencia biológica y social que recuerda al funcionamiento de un hormiguero, pero despojado de cualquier rastro de naturaleza orgánica.
El núcleo narrativo de Hormiga Blanca no se apoya en grandes giros de guion ni en escenas de acción frenética. Por el contrario, Martín apuesta por una narrativa fragmentada y observacional. La historia se centra en la alienación y en la búsqueda de una identidad dentro de un sistema que ha diseñado la felicidad como un estado de anestesia permanente. La interacción de la protagonista con otros personajes y con su entorno revela una desconexión emocional profunda; los vínculos humanos han sido sustituidos por protocolos de comportamiento y por una sexualidad mecanizada, desprovista de pasión pero cargada de una extraña y gélida curiosidad.
Visualmente, el cómic es un ejercicio de minimalismo radical. Miguel Ángel Martín utiliza su característico estilo de «línea clara» para crear un contraste violento entre la pulcritud del dibujo y la crudeza de los conceptos que maneja. No hay sombras innecesarias, no hay tramas complejas; el espacio en blanco domina la página, generando una sensación de agorafobia y vacío que refuerza la soledad de los personajes. Esta limpieza visual es engañosa: bajo la apariencia de un diseño pop y moderno, subyace una violencia psicológica constante. El autor prescinde de los adornos para obligar al lector a enfrentarse a la frialdad de una arquitectura social que ha eliminado el dolor a costa de eliminar la humanidad.
Uno de los aspectos más relevantes de la obra es su capacidad para anticipar debates contemporáneos sobre el transhumanismo y el control social a través de la biotecnología. En Hormiga Blanca, el cuerpo humano es tratado como una pieza de ingeniería susceptible de ser mejorada, monitorizada o desechada. La obra explora la frontera entre lo natural y lo artificial, sugiriendo que, en un entorno perfectamente controlado, la anomalía —la «hormiga blanca» que no encaja en el patrón— es la única prueba de vida real que queda.
En conclusión, Hormiga Blanca es un cómic que exige una lectura atenta y reflexiva. No busca la empatía fácil con el lector, sino que lo sitúa en la posición de un observador clínico. Es una obra sobre el aislamiento en