Mac Coy

Mac Coy representa uno de los pilares fundamentales del western en el ámbito de la historieta franco-belga, situándose por derecho propio junto a referentes como *Blueberry* de Charlier y Giraud o *Comanche* de Greg y Hermann. Creada en 1974 para la revista *Lucky Luke* por el guionista francés Jean-Pierre Gourmelen y el dibujante español Antonio Hernández Palacios, la serie se desmarca de los convencionalismos del género para ofrecer una visión cruda, detallada y profundamente estética de la frontera estadounidense.

La trama sigue las andanzas de Alexis Mac Coy, un personaje cuya génesis ya marca una diferencia narrativa importante. Al inicio de la saga, Mac Coy no es el típico héroe de la Unión, sino un oficial del ejército confederado que, tras el fin de la Guerra de Secesión, se ve obligado a adaptarse a una nueva realidad política y social. Su transición de soldado derrotado a capitán del ejército de los Estados Unidos —actuando a menudo como explorador o agente especial en misiones de alto riesgo— articula el eje central de sus aventuras. A diferencia de otros protagonistas del género, Mac Coy no está movido por un idealismo ciego, sino por un pragmatismo cínico y un código de honor personal que a menudo choca con las órdenes de sus superiores.

El guion de Gourmelen se caracteriza por una estructura episódica que, sin embargo, construye un fresco histórico coherente. Las historias de Mac Coy suelen alejarse de los duelos al sol en la calle principal de un pueblo para adentrarse en la logística militar, las intrigas fronterizas y los conflictos territoriales. El autor huye de los maniqueísmos: los antagonistas tienen motivaciones tangibles y los aliados suelen ser figuras moralmente ambiguas. La serie destaca por su rigor histórico, no solo en el armamento y los uniformes, sino en la representación de las complejas relaciones entre el gobierno estadounidense, las naciones indígenas y los intereses comerciales que impulsaban la expansión hacia el Oeste.

No obstante, el elemento que eleva a *Mac Coy* a la categoría de obra maestra es el apartado gráfico de Antonio Hernández Palacios. El artista español volcó en esta obra toda su maestría pictórica, alejándose del estilo de línea clara predominante en la época para abrazar un realismo sucio, barroco y extremadamente detallado. El dibujo de Palacios es denso, caracterizado por un uso magistral del rayado y la mancha que otorga a las viñetas una textura casi táctil. El polvo, el sudor y el desgaste de los materiales son palpables en cada página.

Palacios no se limita a ilustrar el guion; utiliza la composición de la página para generar una narrativa cinematográfica. Sus paisajes no son meros fondos, sino protagonistas que imponen su inmensidad sobre los personajes. El uso del color es otro de los puntos fuertes de la obra: Palacios emplea paletas cromáticas audaces, a menudo alejadas del naturalismo estricto, para subrayar la atmósfera psicológica de la escena o la inclemencia del clima. Sus cielos crepusculares y sus desiertos asfixiantes son ya icónicos en la historia del cómic europeo.

A lo largo de los 21 álbumes que componen la serie original, el lector asiste a una evolución tanto del personaje como del estilo artístico. Mac Coy envejece, se vuelve más reflexivo y sus misiones adquieren una escala más épica, llevándolo desde las áridas tierras de la frontera mexicana hasta las gélidas regiones del norte. La colaboración entre Gourmelen y Palacios se mantuvo constante, permitiendo que la obra conserve una identidad visual y narrativa inquebrantable hasta su conclusión en 1999.

En definitiva, *Mac Coy* es un cómic de autor disfrazado de género. Es una obra que exige una lectura pausada para apreciar la densidad de sus guiones y, sobre todo, la apabullante calidad de su dibujo. Para el estudioso del noveno arte, esta serie es el testimonio del talento de Palacios, un artista que entendió el western no como una sucesión de clichés, sino como un escenario trágico y grandioso donde la naturaleza y la ambición humana libran una batalla constante. Es una pieza indispensable para comprender la madurez del cómic europeo de finales del siglo XX.

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