Los Mundos Intermedios, obra del autor gallego Miguelanxo Prado, representa uno de los hitos más significativos del cómic de autor en España y Europa durante la década de los 80 y principios de los 90. Publicada originalmente de forma serializada y posteriormente recopilada en álbum, esta obra se aleja de las estructuras narrativas convencionales del género de aventuras o superhéroes para adentrarse en un terreno donde la sátira social, el surrealismo y la melancolía convergen en un espacio geográfico y metafísico difuso.
La premisa fundamental de la obra gira en torno a la existencia de planos de realidad que se solapan con nuestra cotidianidad. Estos "mundos intermedios" no son dimensiones épicas de fantasía heroica, sino más bien grietas en la lógica del día a día, espacios liminales donde las leyes de la física, la burocracia y la lógica humana se retuercen hasta alcanzar el absurdo. Prado utiliza estos escenarios para situar a personajes profundamente ordinarios —oficinistas, viajeros, ciudadanos comunes— que, por azar o por un error en el tejido de la realidad, terminan atrapados en situaciones que escapan a su comprensión.
Narrativamente, el cómic se estructura a través de una serie de relatos que, aunque pueden leerse de forma independiente, construyen un universo cohesionado por su atmósfera y su carga filosófica. El eje central es la alienación del individuo moderno. Prado explora cómo el ser humano, inmerso en una sociedad tecnócrata y deshumanizada, es incapaz de reaccionar ante lo extraordinario, tratando de aplicar normas lógicas y trámites administrativos a fenómenos que son intrínsecamente inexplicables. Esta "burocratización de lo fantástico" es uno de los sellos distintivos de la obra y sirve como una crítica mordaz a las estructuras sociales de la época.
Desde el punto de vista gráfico, Los Mundos Intermedios es un testimonio de la evolución técnica de Miguelanxo Prado. En estas páginas, el autor despliega un dominio magistral del color y la textura. A diferencia de la línea clara tradicional, Prado opta por un estilo pictórico, utilizando técnicas que otorgan a las viñetas una profundidad orgánica. El uso de las luces y las sombras no solo define los volúmenes, sino que establece el tono emocional de cada historia: desde los tonos ocres y polvorientos de desiertos metafísicos hasta los azules fríos de oficinas interminables. El diseño de personajes huye de la idealización, presentando figuras de rasgos acentuados, casi caricaturescos en ocasiones, lo que refuerza la sensación de extrañeza y patetismo que impregna el relato.
El ritmo narrativo es pausado, permitiendo que el lector se sumerja en la atmósfera de desconcierto que experimentan los protagonistas. No hay una búsqueda de la resolución espectacular; el conflicto suele residir en la aceptación de la anomalía o en la lucha inútil contra un sistema que ha dejado de tener sentido. Esta aproximación convierte a la obra en una pieza de "realismo mágico" trasladada a la narrativa gráfica, donde lo imposible se acepta con una resignación casi cómica.
Temáticamente, el cómic aborda la soledad, la incomunicación y la pérdida de identidad. Los personajes de Prado suelen estar solos, incluso cuando están acompañados, perdidos en laberintos que son tanto físicos como mentales. La obra funciona como un espejo deformante de la realidad, sugiriendo que nuestro mundo "normal" es tan absurdo y arbitrario como los mundos intermedios que el autor imagina.
En conclusión, Los Mundos Intermedios es una obra esencial para entender la madurez del cómic contemporáneo. Es un ejercicio de imaginación desbordante que no descuida la profundidad intelectual, consolidando a Miguelanxo Prado como un cronista de lo invisible. Su lectura propone un desafío al lector: cuestionar los límites de lo que consideramos real y reconocer las grietas por las que, en cualquier momento, podríamos deslizarnos hacia lo desconocido. Es, en definitiva, una exploración poética y visual sobre la fragilidad de nuestra existencia cotidiana.