*Silent Hill: Dying Inside*, publicada originalmente en 2004 por IDW Publishing, representa la primera incursión formal y ambiciosa de la célebre franquicia de videojuegos de Konami en el mundo del noveno arte. Escrita por Scott Ciencin y contando con el arte distintivo de Ben Templesmith en sus primeros números (seguido por A.C. Farley), esta miniserie de cinco números no es solo una adaptación estética, sino un intento profundo de trasladar la narrativa del horror psicológico y la culpa existencial a las viñetas.
La trama se centra inicialmente en la figura del Dr. Troy Abernathy, un psicólogo clínico cuya carrera se define por un racionalismo extremo y una arrogancia intelectual considerable. Troy se encuentra tratando a Lynn DeAngelis, una joven cuya estabilidad mental ha sido pulverizada tras su paso por el pueblo de Silent Hill. Lynn vive atormentada por visiones de criaturas grotescas y una oscuridad que parece reclamar su alma, pero Troy, fiel a su formación científica, descarta estas experiencias como delirios psicóticos o proyecciones de un trauma severo.
En un acto de soberbia profesional, Troy decide que la única forma de "curar" a Lynn es mediante la terapia de exposición directa. Convencido de que Silent Hill es simplemente un pueblo abandonado y que la confrontación con la realidad física romperá el ciclo de alucinaciones de su paciente, el doctor la lleva de regreso al lugar de los hechos. Sin embargo, al cruzar la frontera de la niebla, la lógica de Troy comienza a desmoronarse. El cómic explora con maestría cómo el pueblo no es un espacio geográfico estático, sino un ente maleable que reacciona a la psique de quienes lo habitan.
A medida que se adentran en las calles desiertas, el escepticismo de Troy se convierte en terror puro. Silent Hill manifiesta los pecados ocultos y las inseguridades del doctor, transformando su entorno en una pesadilla personalizada. La narrativa se divide en dos arcos argumentales entrelazados: el descenso inicial de Troy y Lynn, y una historia posterior que introduce a Lauryn, una joven con una conexión personal con el pueblo que busca desesperadamente a su hermana desaparecida. Ambas tramas convergen en la idea de que nadie llega a Silent Hill por accidente; el pueblo es un espejo que obliga a los personajes a mirar aquello que más desean ignorar de sí mismos.
El apartado visual es, sin duda, uno de los elementos más potentes de la obra. El estilo de Ben Templesmith es fundamental para establecer la atmósfera. Su arte, caracterizado por ser sucio, expresionista y casi abstracto, se aleja del realismo convencional para sumergir al lector en una sensación de desorientación constante. Las figuras se desdibujan, los colores son viscerales y las composiciones de página evocan una claustrofobia que replica la tensión de los juegos originales. Cuando A.C. Farley toma el relevo en los números finales, el estilo cambia hacia algo más definido pero igualmente inquietante, manteniendo la coherencia de un mundo donde la realidad se está desintegrando.
*Silent Hill: Dying Inside*