Publicada originalmente en Francia bajo el título *Le Tueur*, la serie Asesino, creada por el guionista Matz (Alexis Nolent) y el dibujante Luc Jacamon, es considerada una de las cumbres del género *noir* en el cómic contemporáneo. Desde su debut en 1998, esta obra ha redefinido el arquetipo del ejecutor profesional, alejándose de los clichés del cine de acción para sumergirse en un estudio psicológico profundo, frío y meticulosamente ejecutado sobre la soledad y la moralidad en el siglo XXI.
La premisa de *Asesino* es, en apariencia, sencilla: seguimos la vida y el trabajo de un hombre sin nombre, un sicario de élite que opera a nivel internacional. Sin embargo, lo que diferencia a esta obra de cualquier otro *thriller* de crímenes es su enfoque narrativo. La historia no se construye a través de diálogos expositivos, sino mediante el monólogo interior del protagonista. El lector es invitado directamente a la mente de un depredador social que justifica su oficio a través de una filosofía nihilista y un cinismo absoluto hacia la condición humana y las estructuras de poder.
El protagonista de Matz no es un antihéroe con un corazón de oro ni un psicópata desalmado que disfruta con el dolor ajeno. Es, ante todo, un profesional. Para él, matar es un trabajo técnico que requiere paciencia, disciplina y, sobre todo, una capacidad sobrehumana para la espera. Gran parte del peso narrativo recae en los tiempos muertos: las horas de vigilancia en apartamentos vacíos, el estudio de las rutinas de las víctimas y la gestión del aburrimiento. Es en esos momentos de silencio donde el guion brilla, permitiendo que el protagonista diseccione la hipocresía de la sociedad moderna, la política global y la futilidad de la existencia.
A medida que la serie avanza, la trama se expande desde los encargos individuales hacia una red mucho más compleja de intereses geopolíticos. Lo que comienza como una serie de asesinatos por encargo termina involucrando a servicios de inteligencia, corporaciones petroleras y corrupción gubernamental en América Latina y Europa. Esta evolución permite que la obra funcione no solo como un estudio de personaje, sino también como una crítica mordaz al capitalismo salvaje y a cómo la violencia es, en última instancia, la moneda de cambio oculta de la economía global.
El apartado visual de Luc Jacamon es el complemento perfecto para la prosa seca de Matz. Jacamon utiliza un estilo de dibujo limpio, de línea clara pero con una sofisticación moderna, donde el color juega un papel narrativo fundamental. El artista emplea paletas cromáticas diferenciadas para establecer el tono emocional de cada escenario: desde los azules fríos y grises metálicos de las ciudades europeas, que refuerzan la alienación del protagonista, hasta los tonos cálidos, saturados y vibrantes de sus retiros en Sudamérica. La composición de las páginas es cinematográfica, alternando planos detalle de las armas y el equipo con amplias panorámicas que subrayan la insignificancia del individuo frente al entorno.
Otro aspecto destacable es el ritmo. *Asesino* es un cómic que sabe cuándo acelerar y cuándo detenerse. Las secuencias de violencia son rápidas, precisas y carentes de glamour, reflejando la eficiencia del protagonista. No hay coreografías exageradas; hay resultados. Esta sobriedad visual refuerza el realismo de la obra y mantiene al lector en una tensión constante, preguntándose no si el protagonista tendrá éxito, sino cuánto tiempo podrá mantener su fachada de desapego antes de que su propia humanidad —o los errores de quienes lo rodean— lo alcancen.
En conclusión, *Asesino* es una obra imprescindible para cualquier entusiasta del noveno arte que busque una narrativa madura y reflexiva. Es un ejercicio de estilo que demuestra que el género negro sigue siendo el mejor vehículo para explorar las sombras del mundo contemporáneo. Matz y Jacamon logran que el lector empatice, de manera inquietante, con un hombre cuya función social es el asesinato, convirtiéndonos en cómplices de su lógica interna mientras recorremos un mundo donde la ética es un lujo que nadie parece poder permitirse.