Tutti Frutti, la obra de Miguel Gallardo publicada originalmente de forma serializada en la mítica revista *El Víbora* y recopilada posteriormente por Ediciones La Cúpula a principios de los años 90, constituye un pilar fundamental para entender la evolución del cómic underground español. Tras haber alcanzado el éxito y la controversia con personajes como Makoki, Gallardo se despoja en este álbum de las estructuras más rígidas del género de aventuras marginales para sumergirse en una narrativa mucho más fragmentada, ácida y, sobre todo, observacional.
La obra no se articula a través de una única trama lineal, sino que funciona como un mosaico de historias cortas, viñetas de vida urbana y reflexiones gráficas que capturan el espíritu de una época de transición y desencanto. El título, *Tutti Frutti*, hace referencia directa a esta mezcla heterogénea de sabores, texturas y personajes que pueblan sus páginas. En este cómic, Gallardo actúa como un cronista de la "Barcelona canalla" y de la España post-Transición, pero lo hace desde una óptica que huye del sentimentalismo para abrazar un cinismo elegante y una crudeza visual impactante.
Desde el punto de vista temático, el cómic explora la cotidianidad de los márgenes. Sus protagonistas no son héroes, sino supervivientes, buscavidas, noctámbulos y figuras errantes que habitan bares de mala muerte, pensiones oscuras y calles donde la modernidad de los años 80 choca frontalmente con la realidad de la precariedad. Gallardo disecciona la fauna urbana con una precisión quirúrgica, exponiendo las contradicciones de una sociedad que intentaba ser cosmopolita mientras arrastraba las cicatrices de un pasado gris. La soledad, el deseo insatisfecho, la alienación laboral y el absurdo de las relaciones humanas son los hilos conductores que unen estas piezas aparentemente inconexas.
Artísticamente, *Tutti Frutti* marca un punto de inflexión en la carrera de su autor. Aquí asistimos a la consolidación de un estilo que se aleja de la "línea chunga" más primitiva para adoptar una estética mucho más sofisticada y expresionista. El uso del blanco y negro es magistral; Gallardo juega con las sombras y las manchas de tinta para crear atmósferas opresivas o melancólicas según lo requiera el relato. Hay una influencia evidente del cine negro y de la fotografía urbana, pero filtrada por una sensibilidad puramente comiquera. El trazo es nervioso, dinámico y extremadamente comunicativo, capaz de transmitir el estado de ánimo de un personaje con apenas un par de líneas en el rostro.
La narrativa de Gallardo en este álbum es también un ejercicio de experimentación formal. El autor se permite jugar con el ritmo, alternando páginas de una densidad textual considerable con secuencias mudas donde la imagen lo dice todo. Esta libertad creativa permite que el lector no solo consuma una historia, sino que experimente una sensación: la de estar caminando por una ciudad que nunca duerme, pero que tampoco parece ofrecer descanso a sus habitantes.
Otro aspecto relevante es el tratamiento del humor. A diferencia de sus trabajos anteriores, donde el humor era más explosivo y escatológico, en *Tutti Frutti* la ironía es más sutil y amarga. Es un humor de observación que nace del reconocimiento de nuestras propias miserias. Gallardo no se ríe de sus personajes desde una posición de superioridad, sino que los retrata con una humanidad descarnada que, a ratos, resulta incómoda por lo veraz que se siente.
En resumen, *Tutti Frutti* es una obra esencial del cómic de autor en España. Es un testimonio gráfico de un tiempo y un lugar, pero su relevancia trasciende el contexto histórico gracias a su capacidad para retratar condiciones humanas universales. Sin necesidad de recurrir a grandes epopeyas, Miguel Gallardo logra en este álbum que lo pequeño, lo sucio y lo cotidiano adquieran una dimensión artística de primer orden. Es un cómic que exige una lectura atenta, capaz de apreciar la belleza en el caos y la poesía en la derrota, consolidando a su autor como uno de los narradores visuales más importantes de su generación.