*U-Boot*, la obra integral del veterano autor francés Jean-Yves Mitton, se erige como una de las propuestas más asfixiantes y ambiciosas dentro del panorama del cómic europeo contemporáneo. Mitton, conocido por su capacidad para transitar entre el rigor histórico y la fantasía más desatada, despliega en esta trilogía un ejercicio narrativo que hibrida el drama bélico, el suspense arqueológico y el horror psicológico, todo ello bajo una atmósfera de claustrofobia constante.
La premisa de la obra se articula a través de dos líneas temporales que convergen en un único y fatídico escenario: las profundidades abisales del océano. La primera línea nos traslada a abril de 1945, en los estertores finales de la Segunda Guerra Mundial. El Tercer Reich se desmorona y, en un último acto de desesperación o de planificación oculta, el submarino alemán U-996 parte del puerto de Danzig. Bajo el mando del comandante Von Draken, la nave no busca el enfrentamiento directo con la flota aliada, sino cumplir una misión de alto secreto que implica el transporte de una carga misteriosa y el traslado de altos dignatarios nazis hacia un destino incierto en Sudamérica.
La segunda línea temporal se sitúa en la época actual. Un equipo de especialistas en rescates submarinos, equipado con la tecnología más avanzada de prospección, localiza los restos del U-996 en el fondo del Atlántico. Lo que comienza como una operación de recuperación de tesoros y datos históricos se transforma rápidamente en una pesadilla técnica y humana. Al acceder al interior del sumergible, los buceadores no encuentran solo un cementerio de hierro y huesos, sino un enigma que desafía las leyes de la lógica y la biología.
El guion de Mitton destaca por su estructura de *huis clos* (puertas cerradas). El submarino funciona como un personaje en sí mismo; un ataúd de acero donde la presión del agua exterior es solo un reflejo de la presión psicológica que sufren los personajes. En la parte histórica, el autor explora la degradación moral de una tripulación que sabe que su mundo ha desaparecido, pero que sigue encadenada a órdenes fanáticas y a una carga que parece emanar una influencia maligna. En la parte moderna, el conflicto surge de la codicia corporativa y el terror ante lo desconocido, estableciendo un paralelismo sobre cómo los secretos del pasado nunca permanecen enterrados del todo.
Visualmente, *U-Boot* es un despliegue de maestría técnica. Mitton opta por un dibujo realista, detallado y sucio, que huye de la estilización innecesaria para centrarse en la textura del óxido, el sudor y la oscuridad. El uso de las sombras es fundamental para transmitir la sensación de confinamiento; el lector siente la falta de oxígeno y la estrechez de los pasillos del U-996. La representación de la maquinaria bélica es impecable, fruto de una documentación exhaustiva que otorga verosimilitud al relato antes de introducir los elementos más fantásticos o sobrenaturales.
Uno de los puntos más fuertes del cómic es su capacidad para gestionar el ritmo. Mitton dosifica la información de manera que el misterio sobre la carga del submarino y el destino real de su tripulación se mantenga hasta las últimas páginas. No se trata de un simple cómic de aventuras marinas; es una reflexión sobre la herencia del mal y la ambición humana. La obra evita los maniqueísmos fáciles, presentando a personajes complejos atrapados en situaciones límite donde la supervivencia individual choca con el deber o la ética.
En conclusión, *U-Boot* es una pieza imprescindible para los aficionados al género de suspense y a la narrativa de submarinos. Jean-Yves Mitton logra capturar la esencia del cine de género —con ecos de películas como *Das Boot* de Wolfgang Petersen— y elevarla mediante una narrativa puramente secuencial que aprovecha las posibilidades del medio para explorar el horror que habita en el silencio del abismo. Es un relato crudo, visualmente impactante y narrativamente sólido que confirma que, a veces, los peores monstruos no son los que habitan en las leyendas, sino los que nosotros mismos construimos y encerramos en cajas de acero.